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Música

Julian Kuerti estrenará la Sinfonía Romántica de Soro en EE.UU.

febrero 13, 2022

El director canadiense realizó una edición crítica de la partitura y la estrenará con la Sinfónica de Kalamazoo. "Es un compositor muy especial, con una voz muy distintiva", dice, y aplaude su don melódico.

Julian Kuerti estrenará la Sinfonía Romántica de Soro en EE.UU.

Un nuevo hito para la música nacional se concretará el próximo 4 de marzo. Ese día se estrenará en Estados Unidos la Sinfonía Romántica de Enrique Soro. A pesar de que este compositor chileno llegó a tener un contrato de 50 años con la editorial Schirmer de Nueva York, esa creación suya, una de las más ambiciosas de su legado, nunca ha sido interpretada en el país.

A cargo de este histórico estreno está el director canadiense Julian Kuerti (1976), quien ya había ofrecido la primera audición de la Sinfonía Romántica en Concepción, su ciudad natal, cuando era titular de la Sinfónica UdeC, en 2015. El estreno de ahora, además, tiene una doble dimensión que promete darle una nueva vida, a nivel internacional, a Soro. Porque la partitura misma que debutará en este concierto es una edición crítica que ha realizado el propio Kuerti. Un trabajo que multiplica las posibilidades de que la obra comience a formar parte del repertorio de cualquier orquesta.

Hemos conversado con Julian Kuerti sobre sus motivaciones para emprender esta tarea y sobre el valor artístico del legado de Enrique Soro.

En la entrevista por Zoom, que Julian Kuerti gentilmente ofreció en castellano, nos mostró la edición crítica que ha realizado.

Julian Kuerti ha dirigido a más de cien orquestas. Entre otras, la Deutsches Symphonie-Orchestre de Berlín, la Sinfónica de la Radio de Frankfurt, la Deustche Radio Symphony y la orquesta del Concertgebouw, en Europa, y en Estados Unidos, a la Filarmónica de Los Ángeles, las sinfónicas de Houston, Dallas y Cincinnati.

Desde 2018, es director titular de la Sinfónica de Kalamazoo, una de las tres orquestas más importante de Michigan, en Estados Unidos. Pero antes, entre 2012 y 2015, fue titular de la Sinfónica Universidad de Concepción y, en paralelo, asumía como principal director invitado de la Orquesta Metropolitana de Montreal.

La proyección artística que este director canadiense le dio al conjunto penquista se hizo evidente rápidamente. La primera temporada que diseñó, la de 2013, tuvo un nítido foco en Brahms «como el fundador del sonido de la orquesta moderna». Para generar una audición más profunda del compositor alemán, además, lo contrapuso a sus dos mayores rivales: Tchaikovsky y Liszt.

«Mi principal objetivo es aumentar la calidad de la orquesta y su presencia en las Américas. Para eso es central abordar nuevo repertorio, en especial piezas desafiantes», adelantaba entonces Julian Kuerti (ver reportaje aquí). Detrás de cada decisión, había un plan artístico; por ejemplo, apostó por el Concierto para violín de Alban Berg, con el objetivo de cimentar estéticamente el camino para programar a Mahler al año siguiente, y cumplió, con La Canción de la Tierra en 2014.

También dio un giro de timón respecto de la música chilena; en las dos primeras temporadas con la Sinfónica UdeC incluyó obras de Alfonso Leng, René Amengual, Vicente Bianchi, Aliocha Solovera, Acario Cotapos y Fernando García, además de estrenos absolutos de Felipe Pinto d’Aguiar, Hernán Ramírez Ávila y Rodrigo Herrera Muñoz. Asimismo, programó el Concierto para violonchelo de Pedro Humberto Allende, pero con un solista estelar como invitado: Stanimir Todorov. El arribo de figuras de primera línea a Concepción se convirtió en una constante, partiendo por su propio padre, el mundialmente famoso pianista Anton Kuerti, pero también gestionó el desembarco de batutas como Zsolt Nagy, Emmanuel Siffert, Mika Eichenholz, Doron Salomon, Jan Schults, Benjamín Schwartz, Alejo Pérez y Vladimir Simkin. También sumó a chilenos, como Rodolfo Fischer, Alejandra Urrutia y Paolo Bortolameolli.

La respuesta del público fue muy positiva: en los 70 conciertos de 2013 la orquesta contó con 70 mil asistentes. Y en 2014 Julian Kuerti siguió ampliando el repertorio, con una refinada curaduría y con foco, esta vez, en «compositores que, en vida, fueron igual de famosos como intérpretes»(ver nota aquí). Programó a Leonard Bernstein, con su Sinfonía Nº 2 Age of Anxiety y con West Side Story-, y a Liszt, con su Concierto para piano Nº 2 y Los preludios. Asimismo, se atrevió a recrear una de las jornadas más importantes de la historia de la música; el concierto que dio Beethoven en Viena el 22 de diciembre de 1808, con la Sexta Sinfonía, Pastoral, la Quinta Sinfonía y el Concierto para piano Nº 4, además de la Fantasía Coral.

Julian Kuerti.

Un impulso expansivo que estaba atrayendo más audiencias y situando a Concepción en la delantera de la innovación artística. Sin embargo, una crisis subyacente a nivel administrativo terminaría con la renuncia de Kuerti. La intromisión en ámbitos artísticos de los encargados de la Corporación Cultural Universidad de Concepción, Corcudec, detonó una crisis que incluyó despidos y demandas. Tras el cambio de las autoridades administrativas, recién en 2018 pudo asumir el próximo titular de la Sinfónica UdeC, Mika Eichenholz, y continuar desarrollando artísticamente al elenco.

«La Sinfonía Romántica de Soro es una obra muy importante para la cultura y la música chilena»

Julian Kuerti

Fue en su último año con la Sinfónica UdeC. En noviembre de 2015, el director canadiense Julian Kuerti estrenó en Concepción, la ciudad natal de Enrique oro, su Sinfonía Romántica (2021). Una obra que se estrenó en Berlín en 1922, y que sin embargo había sido escasamente programada desde los años 40, hasta que Maximiano Valdés y José Luis Domínguez la tocaron la Sinfónica de Chile, en los años 2012 y 2015, respectivamente. Domínguez, además, la grabó para Naxos.

Siete años después de haberla dirigido con la Sinfónica UdeC, ahora Julian Kuerti estrenará la Sinfonía Romántica en Estados Unidos. El concierto será el 4 de marzo, con su orquesta, la Sinfónica de Kalamazoo, una de las más importantes del Estado de Michigan. El estreno, además, representará el debut de la edición crítica de la partitura de la obra, que el propio Kuerti ha realizado. Un trabajo que inició en 2014 y que ahora se enorgullece en entregar, como un aporte significativo en la revalorización del legado de Soro.

¿Por qué hizo esta edición crítica? ¿Qué hay en esta obra que le pareció interesante?

«¡Es una obra tan importante para la cultura y la música chilena! Descubrí al compositor Enrique Soro cuando trabajé en Concepción como director principal. Para mí, es una grande inspiración de la música chilena y su sinfonía es una de las obras más importantes que Soro escribió, junto con su Concierto para piano. Las dos obras fueron tocadas por la Orquesta Filarmónica de Berlín en 1922, cuando Soro hizo una gira por Europa para tocar el piano y dirigir orquestas con su música, y su sinfonía era el primer ejemplo de su arte. Cuando trabajé en Concepción con esta sinfonía, dos cosas cosas me atrajeron: que es una música muy, pero muy importante y que el material que teníamos en este tiempo tenía muchos errores, no coincidía con la partitura manuscrita de Soro. En ese momento, decidí hacer una edición crítica para resolver todas las preguntas que contaminan esta obra. Después de mucho trabajo y muchas investigaciones en los fondos, yo preparé una edición que vamos a tocar por primera vez en dos semanas, la edición crítica de esta sinfonía».

Cuando usted dirigió la Sinfonía Romántica con la Sinfónica Universidad de Concepción, en 2015, ¿con cuáles materiales trabajó? ¿Era una copia manuscrita?

«Hay un material que existía, un manuscrito que Soro mismo usaba para dirigir, y también teníamos partes manuscritas de la orquesta y una versión editada ya con computador, pero que tiene muchos errores. Cuando teníamos este proyecto en Concepción, un año antes iniciamos una investigación y empezamos a hacer una edición con correcciones de esos errores. Esta edición fue la primera etapa de este proceso que ahora finalmente ha llegado a la edición crítica».

Los errores que usted menciona, ¿corresponden a problemas de modulación, a que faltó indicar ciertas cosas en la copia?

«Es una buena pregunta. Esta sinfonía Soro la escribió en dos o tal vez en tres momentos de su vida. Primeramente él escribe los dos movimientos internos, el Adagio y el Scherzo, y estos dos movimientos los dirigió solos Soro, como obras para orquesta, pero no era en ese momento una sinfonía. Soro tiene dos o tres partituras de estos movimientos internos, y no son iguales. Las frases, los legatos y los sostenutos son diferentes, algunas notas y ciertas instrumentaciones son también distintas. Después, Soro decide hacer los movimientos externos, es decir el primero y el último, como un regalo de matrimonio para su esposa. Y son los movimientos más grandes y más ambiciosos de la obra. Tienen mucha intensidad, mucha pasión. Y entre los manuscritos de los movimientos internos y los manuscritos de los movimientos externos también hay muchas cosas diferentes. Entre las partes, hay muchas cosas distintas. Así que era necesario pensar, investigar y resolver para entender cuál era la última idea de Soro».

Este estado en el cual se encontraban las partituras, ¿puede haber sido una razón de que no se tocara en mucho tiempo? Imagino que cuando un director ve una partitura con errores puede pensar si vale la pena entrar en un problema, ¿no?

Seguramente. A veces uno sabe que una obra existe, pero es muy difícil tener acceso al material. Para nuestras investigaciones tuvimos que revisar los archivos de la Universidad de Chile, en Santiago, y también el archivo de la Fundación Enrique Soro, en Valparaíso. Sólo encontrar los materiales requirió un gran esfuerzo. Es cierto que si estás planificando una temporada para una orquesta es más fácil seleccionar obras que existen en la biblioteca o que son más fáciles de obtener».

Julian, ¿por qué le interesó Enrique Soro en un primer momento? ¿Qué fue lo que supo, vio o escuchó que despertó su interés?

«La primera obra de Soro que dirigí en Concepción fue una obra que todas las orquestas en Chile conocen, Danza Fantástica. Es una obra que es muy tocada en Chile, pero que no es conocida en el mundo. Yo dirigí esta Danza Fantástica, una o dos veces y siempre encontré que era muy interesante. Es una música libre y con mucho espíritu, con una intensidad, una pasión, una emoción. Abrió mi corazón, y quise conocer más música de este compositor. Esto fue en 2009 o 2010, de manera que con certeza hace doce años empecé una investigación sobre la música de Enrique Soro, y su historia en la cultura de Chile, su historia como pedagogo, como compositor y como formador. Porque él es muy importante para el crecimiento musical de Chile como país».

Enrique Soro en Lima, 1912. Archivo Fundación Enrique Soro.

Es bien interesante el hecho de que en este renacimiento de la música de Enrique Soro que se ha dado en los últimos 20 años, los primeros que empezaron valorar su obra, a tocarlo y grabarlo, fueron músicos extranjeros que vivían en Chile: los pianistas Armands Abols y Svetlana Kotova, la chelista Katharina Paslawski, usted y después de usted, Mika Eichenholz también. Svetlana Kotova, me dijo hace años que Enrique Soro es el Tchaikovsky de Chile, y que era extraño que para los chilenos no fuera tan importante. Acá lamentablemente estamos acostumbrados a esta frase: ‘si no lo tocan es por algo’. Somos perezosos para redescubrir. Cuando usted inició esa investigación sobre Enrique Soro, hace doce años, era difícil acceder a la información. ¿Con quién la buscó?

«Tengo en Chile algunos amigos músicos muy queridos, que conozco desde mi tiempo en la orquesta de Concepción. Hablamos siempre sobre música, sobre novedades de las artes y cosas de la cultura que son importantes. Para mí, Soro es una figura única. Tal vez es como toda la historia de Chile, por cómo Los Andes marcan un país aparte del mundo. Soro, en su tiempo, tiene la capacidad de crear su música den un estilo muy distintivo. Es un poco como una vegetación exótica, que se encuentra sólo en un lugar del mundo. Para mí, Soro es así; es un compositor muy especial, con una voz muy distintiva. No encuentro otras músicas en este estilo, con este espíritu en Europa y en América del Norte en esa época, alrededor de 1920. Es un espejo de la cultura, la sociedad y la gente de Chile en esa época. Es muy interesante, pero no sólo eso; es música cálida, tiene mucha emoción y tiene una línea cantabile que tienen pocos otros compositores. Tchaikovsky es un buen ejemplo de ese mismo don melódico».

Cuando usted dirigió la Sinfonía Romántica con la Sinfónica UdeC, en 2015, era un primer boceto de lo que hoy, siete años después, es la primera edición crítica de esta obra. Considerando que 2015 fue su último año como titular de la Sinfónica Universidad de Concepción, y que usted dejó de vivir en Chile, ¿por qué siguió haciendo ese trabajo?

«(Ríe). Buena pregunta. La historia es un poco difícil, porque yo tenía un plan, que era hacer un concierto, una grabación y una edición crítica. Pero en este tiempo la orquesta tenía problemas con la administración; que no apoyó este proyecto. Y por esta razón yo me fui, no quería trabajar más con ellos. Pero este proyecto estaba abierto. Con el nieto de Soro, Roberto Doniez, y también con algunos músicos de Concepción, estuvimos poco a poco trabajando esta edición crítica. Pero sin un concierto planificado, sin grabación, sin dinero, no teníamos un gran impulso para terminar este trabajo. Hasta que pude programar la Sinfonía Romántica con mi orquesta en Michigan, en los Estados Unidos, y finamente tuvimos un puente para terminar este trabajo. Y ahora estoy muy feliz de que podemos ofrecer esta edición a todos las orquestas que puedan interesarse».

«Enrique Soro es un compositor muy especial, con una voz muy distintiva», asegura el director canadiense.

Hacer una edición crítica implica mucho trabajo, porque además de interpretar lo que el compositor quiso decir, usted tuvo que reconstruir, completar la partitura, y dejar anotada cada observación, ¿no?

«Sí. Y no es solamente interpretar las cosas escritas por Soro, porque hubo muchos copistas que hicieron las partes de la orquesta, las que estaban con muchos errores. Había muchas cosas que eran diferentes de la partitura. También vi muchas correcciones con lápiz azul, con lápiz rojo, algunas de mano de Soro, algunas de otras manos. Debíamos investigar cada cosa en todos los fondos; las partes, las partituras, e informar las decisiones. Es un trabajo grande y muy largo, es mucho tiempo pensando en una nota, en un sostenuto. Es mirar por 15 minutos qué es lo que está escrito en la parte, y qué está escrito en una partitura, y en otra partitura, ver cómo está escrita cada corrección. Y al mismo tiempo, imaginar la intención de Soro, qué es lo que quería hacer el compositor. Es un proceso muy largo, pues muchas cosas no estaban claras y era hacer más investigaciones. Por ejemplo, si los clarinetes tienen un sostenuto y los oboes no, ¿qué pasa con las flautas? ¿Tienen también los mismos sostenutos? Cada cambio implica una nueva revisión, para que la versión sea concordante. Es un trabajo largo pero, como investigador, disfruté haciéndolo».

¿Hacía hecho ediciones críticas antes, o la de la Sinfonía Romántica es la primera?

«De una obra tan grande como esta sinfonía, sí. Hice otras ediciones, pero de obras mucho más cortas. Pero ahora pienso que tal vez empecemos con otra obra de Soro; él tiene muchas obras de la música sinfónica que no están publicadas. Y pienso que si tenemos un apoyo del Gobierno de Chile para la Fundación Enrique Soro, hacer este trabajo representa un aporte musical importante para todo el mundo».

Me dijo Roberto Doniez que usted iba a ceder o donar a la Fundación Enrique Soro esta edición crítica de la partitura de la Sinfonía Romántica, para que la administre. Entonces, ¿este trabajo lo hizo sólo por amor a la música?

«Sí. Es también un asunto de palabra. Hace unos ocho años, o siete años, cuando conocí a Roberto Doniez, él estaba en Concepción para escuchar un concierto que yo dirigía con otra obra de Soro. Un tiempo después, le prometí que haríamos esta edición crítica. En este tiempo pensaba que lo haríamos con la organización de la orquesta en Concepción, pero fueron tiempos difíciles. Sin embargo, yo mantuve mi palabra, de que en algún momento se completaría el trabajo. Y ahora estoy muy feliz de que esté terminado (ríe)».

Para Julian Kuerti, completar la edición crítica de esta partitura era un asunto de palabra. Se lo había prometido al nieto del compositor.

Es bonito lo que dice, y es importante mantener la palabra empeñada. Hablemos del programa del concierto del 4 de marzo, cuando usted y la Sinfónica de Kalamazoo interpretarán la Sinfonía Romántica de Enrique Soro. ¿Es un programa de música de América?

«Sí. Todo es una música de América, aparte de una obra de Antonin Dvorák. Para mí, la música de Soro es muy similar a la música de Dvorák, quien también tiene un sentido de la melodía, como Tchaikovsky y como Soro. Además, su armonía y sus texturas son muy similares a las que utiliza Soro. Por esta razón yo quería tocar una obra de Dvorák que no se toca mucho, es un poema sinfónico y se llama Mi país. Lo escribió cuando estaba en los Estados Unidos y tiene una nostalgia por su país, quiere volver a verlo antes de morir. Es una obra muy dramática y también sensible, y con ella abriremos el concierto. Lo terminaremos con la Sinfonía Romántica, y entre la obertura y la sinfonía hacemos un ciclo de canciones de Aaron Copland, Old American Songs. Cada canción es una canción folclórica de los Estados Unidos y Copland las arregló para orquesta y barítono. Es un ciclo muy divertido, con una orquestación muy brillante, con muchos movimientos cómicos. Todo este programa es una forma de homenaje a lo importante que es para cada uno de los compositores su propio país».

Este concierto será el estreno de la Sinfonía Romántica de Enrique Soro en Estados Unidos, allá no se ha tocado, ¿no?

«Sí. Fue una sorpresa para mí. Soro hizo su carrera en América del Sur, principalmente en Chile, pero creo que por causa de sus estudios en Milán él tenía algunos contactos en Europa y por eso él pudo hacer una gira en Europa para dirigir y tocar piano, por eso puedo trabajar con la famosa orquesta de Berlín, y también con otras orquestas en Alemania, así como en Italia. No estoy seguro de Francia, pero me parece recordar que él trabajó un poco allá. Pero sí, es muy extraño que esta sinfonía no se haya tocado nunca en los Estados Unidos. Estamos muy orgullosos de poder hacer el estreno de la Sinfonía Romántica en los Estados Unidos».

¿Cómo ha sido trabajar con la Sinfónica de Kalamazoo? Entiendo que es su director titular desde 2018, ¿no?

«Sí. Yo empecé a ser titular en Kalamazoo en 2018, pero lamentablemente por el Covid no hemos podido hacer todavía una temporada entera. Esta temporada que tenemos ahora es la primera, y espero poder dirigir ahora (golpea madera y ríe)».

Julian Kuerti y la Sinfónica de Kalamazoo, que lidera desde 2018.

Si se diera la posibilidad de grabar la Sinfonía Romántica, tal vez en vivo ahora mismo en el concierto del 4 de marzo, ¿le interesaría hacerlo?

«Sí. Tenemos un plan de grabar este concierto para que se difunda por radio. Si la función es suficientemente buena podríamos pensar en hacer un disco con esta performance, pero depende mucho del trabajo que hagamos. Esta música no es conocida en los Estados Unidos, la orquesta es fantástica, pero interpretar por primera vez a un compositor tiene sus complejidades. Con las notas no tenemos problemas, es más bien una cuestión de si logramos entender el corazón de Soro. Sólo después de que escuche críticamente la grabación podré decir si quiero hacer un disco».

«Desde que comenzó la pandemia no he ido a América del Sur. Pero estoy invitado al Teatro Colón en septiembre»

Julian Kuerti

El interés por Julian Kuerti por América del Sur fue temprano. De hecho, era un veinteañero cuando vino de gira a Brasil con su banda de folk rock Kahana, y se quedaron cuatro meses en ese país. Y tras sus años en Concepción, volvió a asumir una responsabilidad artística en la región: en 2019 fue nombrado principal director invitado de la Orquesta Sinfónica Nacional del Perú. Allí ya ha sacado adelante proyectos monumentales, como una nueva producción de La Périchole de Offenbach. Pese a las restricciones de la pandemia, ha seguido muy activo: en junio de 2020 dirigió en forma remota a la orquesta, más el Coro Nacional de Niños del Perú y la violinista Lara St. John en un concierto virtual de hermandad entre Canadá y Perú, con obras justamente de ambos países (ver el concierto aquí).

Al mes siguiente, estrenó un cortometraje que él mismo realizó, dirigiendo a los músicos de la Sinfónica de Kalamazoo en forma remota, en la obertura del ballet Las creaturas de Prometeo, de Beethoven (ver el corto aquí).

«Desde que comenzó la pandemia no he ido a América del Sur. Pero estoy invitado al Teatro Colón en septiembre», cuenta Julian Kuerti. El 10 de septiembre conducirá en Buenos Aires un refinado programa de música francesa que contrastará dos ciclos de canciones: Les nuits deté, de Hector Berlioz, y Shéhérazade, de Maurice Ravel, con la actuación solista de la famosa mezzosoprano Isabel Leonard, ganadora de tres Grammy, uno de ellos justamente por Ravel. Se suma la Rapsodia Española, también de Ravel.

Allí podrá trabajar con el virtuoso violinista chileno Freddy Varela, quien ya era concertino de la Sinfónica UdeC en sus años en Concepción y que también es concertino de la Orquesta Estable del Teatro Colón. «Quería invitar a Freddy Varela a tocar como concertino la Sinfonía Romántica, pero tuvimos grandes dificultades con la visa de trabajo en Estados Unidos; por temas vinculados al Covid hay muchos atrasos con las visas, así que no podremos con Freddy Varela. Espero que podamos importarlo la próxima temporada para que toque con nosotros en algún concierto», asegura el director canadiense.

Julian Kuerti nació en una familia musical. Su padre es el famoso pianista Anton Kuerti y su madre era la violonchelista Kristine Bogyo. Él, por cierto tocaba el violín y mientras estudiaba en la Universidad de Toronto era concertino de la orquesta universitaria. Sin embargo, no estudiaba en la Facultad de Música. Julian Kuerti completó, con honores, la licenciatura en Ingeniería Física. Se especializó en óptica cuántica, es decir, en la aplicación de la teoría cuántica en el ámbito de la luz y la óptica.

Tras titularse, se hizo parte de Kahana, banda de folk rock. Allí tocaba el violín eléctrico. Cuando el grupo se disolvió, unos amigos que estaban haciendo un corto le pidieron que se encargara de la música. La compuso y la grabó con 20 amigos músicos, en la casa de sus padres. Entonces, descubrió lo difícil y fascinante que era dirigir, y que era la mejor manera de utilizar sus capacidades. «Quería ocuparme del todo y participar en el todo», dijo al respecto en una entrevista de 2018 (ver aquí).

Tenía 24 años y volvió a la Universidad de Toronto, donde estudió algunos años con Boris Brott, luego ingresó a la Universidad de Berlín y allí estudió un par de años, además de formar el colectivo musical Kaleidoscope, cuyos programas combinaban música contemporánea y antigua. Luego asumió como asistente de la orquesta del Festival de Budapest, y en 2007 conquistó ese mismo puesto en la Sinfónica de Boston. Así fue como trabajó cercanamente con Ivan Fischer y James Levine, teniendo además que sustituir en varias ocasiones a este último, debido a su estado de salud.

En 2009, el célebre batuta Gennady Rozhdestvensky calificó como un «insulto moral» que el nombre del solista invitado fuera mucho mayor que el suyo en los afiches del concierto que daría con la Sinfónica de Boston. Entonces, como asistente, fue Julian Kuerti quien debió asumir esos cuatro conciertos. Tuvo un éxito rotundo, a nivel de crítica y de público, a pesar de que sólo alcanzó a tener un ensayo con la orquesta. Para él, sin embargo, la experiencia resultó positiva justamente por eso.

«Frecuentemente, cuando eres un director joven, mientras más hablas y ensayas, más credibilidad pierdes» dijo. «Los músicos comienzan a aburrirse, dejan de escuchar y quizás decidan ponerte a prueba», agregó. Como sólo pudo tener un ensayo, «no se dio la oportunidad para hundirme solo. Este tipo de situaciones funcionan a tu favor, suponiendo que tengas las habilidades técnicas para dirigir las obras» (revise la entrevista aquí).

Para Julian Kuerti, la dirección orquestal es la profesión más satisfactoria, porque exige en igual medida dos características aparentemente opuestas: ser introvertido y tener una gran capacidad de concentración para estudiar y volver a estudiar una partitura hasta el último detalle y, por otro lado, ser extrovertido y transparente para poder convencer a los músicos de una orquesta de manera que trabajen en función de la visión de la obra que el director ha construido. Así lo explicó en una entrevista en 2008 (ver aquí).

Por Romina de la Sotta Donoso | 13-02-2022.

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