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El guitarrista y compositor radicado en Coyhaique comenta su experiencia creativa en la Región de Aysén.

La artesanía de escribir música no es algo exclusivo de las grandes zonas urbanas, y así como en cada rincón del país hay gente que pinta, escribe o esculpe, en zonas apartadas o en urbes pequeñas podemos encontrar compositores. Hace un tiempo comentamos un festival en Chiloé donde se tocó una obra de un creador local, o también está el caso de Francisco Silva, uno de los compositores más relevantes de su generación, que por opción propia, trabaja en la ciudad de Los Andes.

Así, en la apartada zona de Aysén, el guitarrista Juan Mouras sigue su inspiración. Nación en 1963 en Puerto Montt pero vivió desde niño en Coyhaique. Ya adulto, se formó como guitarrista en la Universidad de Chile pero con la composición como vocación paralela. En la capital se estableció como intérprete, uno muy prolífico a la hora de estrenar obras de compositores nacionales, con primeras audiciones de Pablo Aranda, Fernando García, Cristián Morales-Ossio, Miguel Letelier y Juan Orrego-Salas, entre otros, a su haber.

A mediados de la década pasada, volvió a hacer de Coyhaique su residencia, lo que le ha dado espacio a su labor creativa. Pero Mouras sigue muy activo en la interpretación, constantemente viajando por Chile con un repertorio que abarca lo español, lo latinoamericano, lo clásico y lo barroco. Aprovechamos su presentación en las pasadas Semanas Musicales de Frutillar para conversar acerca de su trabajo como compositor.

 

Juan, tú perteneces a un grupo de músicos en Chile, entre quienes encontramos a nombres como “Chicoria” Sánchez, Ximena Matamoros u Horacio Salinas, que son al mismo tiempo guitarristas y compositores.

Por supuesto, algo pasa con la guitarra, que es un instrumento que invita a componer. Y conozco el caso de compositores que se iniciaron primero como guitarristas. En mi caso, seguí ambos caminos el de la interpretación y la composición.

 

¿Cómo fue tu formación en la composición? Tu curriculum consigna estudios con Pedro Núñez Navarrete, Gustavo Becerra y Sergio Ortega.

Todos ellos fueron maestros que hicieron cursos en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile cuando yo era alumno. Conocí a Núñez Navarrete a través de mi profesor de guitarra, Jorge Rojas Zegers, y él me hacía clases en su casa. Con Ortega el trabajo fue muy interesante, que creo que nos abrió los horizontes a todos los que estuvimos en los talleres que realizó por allá por 1989. Nos hizo darnos cuenta que la composición va más allá de la inspiración, que es también intelectual, algo entre ingeniería y albañil.

 

También trabajaste en Estados Unidos con Juan Orrego-Salas y George Crumb.

Ese fue un viaje memorable. Llegué a través de un concurso latinoamericano de composición, donde se becaba a tres compositores del continente. Yo mandé una obra titulada “Cuatro Cantos”, con textos de “Alturas de Machu Picchu” de Neruda, más otra, “La Parábola del Brujo” sobre un texto de Mario Miranda Soussi, poeta de Coyhaique. Estuve tres meses, exponiéndome a un nivel muy alto. Destaco de Orrego-Salas, su visión de arquitecto, del orden y la prolijidad. Además daba mucha importancia a los antecesores. Como tener un punto de referencia. En cuanto a Crumb, como explorador de nuevos sonidos, estaba interesado en que abriera los timbres que utilizaba, y trabajé con él ese aspecto. Mis obras se interpretaron, y tuve buenas críticas en el Herald Times de Bloomington. Para mí todo esto fue un avance para adentrarme en el mundo de la composición, que a fin de cuentas es algo propio.

 

¿Cómo es componer en una zona apartada como Aysén?

Cada persona tiene su propia imagen de lo que es la composición. En mi caso, uno de los factores que influyó en que me fuera del “centro” de Chile a un lugar que se considera aislado, pero donde quizás ahí está el verdadero centro y para otros puede estar en el norte ese centro, fue el hecho de que necesitaba imbricarme de esa naturaleza y fuerza telúrica de Aysén, que yo había conocido de niño. Es importante tener un espacio en la mente, a pesar que las obras no traten necesariamente de paisajes, no tienen por qué ser descriptivas. Pero sí está la naturaleza, los vientos, las nieves, las flores. Tú te puedes basar inconscientemente en esos elementos. Eso me depura y me proyecta en la composición.

Por un lado, claro, se está lejos de las orquestas, los centros culturales, las universidades, la “academia” de la música. Pero el estar tan lejos pareciera que invita a una cosa más reflexiva frente al arte de la composición.

Podríamos pensarlo así. El ejercicio de componer es algo muy personal. Cada uno tiene su “fórmula”, por así decirlo. Justamente esa cercanía con la inmensidad despoblada me da ideas. Tú te alejas, pero te acercas más ti mismo. En la tranquilidad para pensar, he abierto espacios en la mente, ya que para un compositor es importante buscar lo que pueda entregar desde adentro. Hay que abrir esas puertas interiores, y eso es un cuestionamiento. Para otros, personas muy respetables, que podrán componer desde una fórmula matemática, y está bien. Cada uno compone desde lo que cree.

 

En algunas piezas tomas aires populares, no solo de la Patagonia.

He tenido una inspiración que viene de la guitarra. Es un instrumento que lo trajeron los españoles, pero ella se enamoró de Latinoamérica y existe una infinidad de variantes en el continente. Están los tiples, cuatros, charangos. En la Patagonia se reúnen el sur de Chile con el sur de Argentina, donde se cruzan tradiciones, costumbres y también la música. Son ritmos bien intrincados, y yo con mi formación clásica no es llegar y apropiarse de esos ritmos, se necesita un trabajo más profundo. Siempre he sentido la necesidad como un desafío de crear música tributaria de la inspiración folkórica latinoamericana.

 

En tu catálogo hay varias obras concertantes para la guitarra, entre ellos el “Concierto Chileno” y el “Concierto Patagonia”.

El “Concierto Chileno” es de 1995, lo grabé en un disco y se ha tocado varias veces, incluyendo incluso una gira a Venezuela. Está basado en aires tanto de Chiloé, como de la zona central del país. Es una visión de Chile desde la provincia. Hay un movimiento que es ‘allegro latinoamericano’ donde Chile se mezcla con otros países, como una hermandad. La pieza tiene varias cadenzas, y utilizo el acordeón en la instrumentación. El “Concierto Patagonia” es más reciente y se basa en mi estadía en Coyhaique, donde he vivido los últimos diez años. Se inspira en esa naturaleza de las que hablábamos hace un rato. El primer movimiento es una búsqueda de lo ancestral, desde lo tehuelche, hasta los primeros habitantes, lo que plasmaron sus manos en la roca. Hay otro momento que es como un gran glaciar puesto en música. Espero grabarlo pronto, porque es una obra que me dejó muy satisfecho.

 

También está “Constelaciones Andinas” para flauta, cuerdas y percusión, dedicada a Hernán Jara, solista de la Sinfónica de Chile.

Eso fue para un disco que grabó Hernán. Ahí me inspiro en el norte de Chile. Yo había realizado un gira por Iquique, Huara, Pozo Almonte, La Tirana, un montón de partes, y es obra fue producto de eso. Creo que es un retrato de cómo se ven las estrellas en el norte.

Un hito de tu carrera es que tu Sonata para oboe y piano fue estrenada en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Ese fue un encargo de Jorge Postel, ex primer oboe de la Sinfónica de Chile, para un encuentro de oboes que se realizó en el Colón. Se toca con tres instrumentos distintos, el primer movimiento es para oboe, el segundo para oboe d’amore y el tercero utiliza el corno inglés. Es una pieza netamente latinoamericana, tiene algo de tango, y con un pasaje más cercano a lo atonal.

 

También has hecho cosas para niños. ¿Hay en ello una finalidad de formar nuevas audiencias?

Justamente, los niños son el futuro. Creo que faltan obras para niños y trabajos dedicados a ellos, que reciben tan bien un concierto educacional o un disco, como el yo hice que se titula “Concierto para Niños”. He recibido gratos comentarios de padres que me han comentado que le han comprado el CD a sus hijos. He compuesto muchas canciones y piezas infantiles.

 

Hemos hablado de tu trabajo como compositor, pero como intérprete has estrenado obras de tus colegas.

Siempre es un desafío porque hay un mundo inmenso detrás. Uno tiene que ser capaz de leer la obra, informarse, y ojalá transformarse en el compositor con la humildad más grande. He tenido gratísimas experiencias. Cuando vivía en Santiago yo tocaba mucha música de cámara con otros músicos, como el oboísta Guillermo Milla. Y atesoro mucho lo que hicimos con Fernando García, de quien estrené varias obras, las que dejan espacio para la improvisación, por lo que la obra nunca suena igual. Son obras vivas.

 

Y por último, una pregunta inevitable, ¿Cómo es la escena musical en Coyhaique?

La gente de allá siempre está ansiosa de ir a conciertos, pero hay muy pocos naturalmente por lo retirado que está. Todavía es algo caro pero lo importante es que el público es cálido y receptivo. Se siente una vibración especial en ellos. La vida retirada parece que hace que las emociones fluyan con más facilidad. Hay orquestas juveniles e infantiles que trabajan contra la corriente un poco, por la falta de maestros instructores. También está la labor que hace Magdalena Rosas, hija de Fernando Rosas, que hace una labor muy bonita con su escuela de música y con los festivales que organiza en la ciudad. Con todo, creo que Coyhaique es una zona próspera para hacer música.

 

Álvaro Gallegos M.

09/02/2016

 

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