*
Estás leyendo: Los desafíos musicales de Fabrizzio De Negri
Los desafíos musicales de Fabrizzio De Negri
Noticias

Los desafíos musicales de Fabrizzio De Negri


Por: - 17 de febrero de 2014

El músico cumple este año una década al mando de la Banda Sinfónica FACH. Conversamos con él sobre su trabajo al mando de este conjunto y su carrera como compositor.

Fabrizzio De Negri (n.1971) se formó como compositor y director. Ocasionalmente es pianista, incidentalmente arreglador y también orquestador. A la luz de su amplio trabajo podríamos referirnos a él simplemente como músico. Nacido en Santiago, criado en Arica, pero ligado en toda su carrera a la Quinta Región, donde vive, De Negri estudió composición con Andrés Alcalde en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, y dirección con Luis Gorelik, Juan Pablo Izquierdo, Eduardo Browne, y Guillermo Scarabino en el Colón de Buenos Aires.

Pronto cumplirá diez años como director titular de la Banda Sinfónica de la Fuerza Aérea de Chile (FACH), donde todas las facetas mencionadas inicialmente se dan cita en un trabajo que va mucho más allá del típico conjunto uniformado. En este período, la banda ha abordado obras inusuales, arreglos de grandes clásicos y originales adaptaciones realizadas por su director. Es una labor demandante en cuanto a tiempo, pero igualmente De Negri se mantiene activo en la composición, y ya está invitado para dirigir la Orquesta Sinfónica de Antofagasta en diciembre próximo.

Su trabajo como compositor abarca obras de cámara, piezas electroacústicas, para orquesta sinfónica, y como no, para banda sinfónica. También colaboró con el conjunto Los Jaivas en la orquestación de la obra sinfónica “Mamalluca”, que el grupo grabara en 1999. Siempre pensando en nuevos desafíos, tanto personales como para el conjunto bajo su dirección, De Negri conversó con Radio Beethoven sobre su abultada agenda artística.

 

¿Cuál es tu evaluación de estos 10 años al frente de la Banda Sinfónica FACH?

Siento que se ha producido un progreso desde el punto de vista técnico y musical, y lo noto porque he tenido la oportunidad de montar obras con ellos que hicimos cuando yo asumí la dirección en 2004. Por ejemplo, este año en Frutillar repetimos la “Marcha Eslava” de Tchaikovsky, que habíamos hecho hace una década y ahora fue algo que surgió de manera fácil. Así que hay una sensación objetiva del progreso en la forma de trabajar, en la velocidad para armar las obras, y en todo lo que implica resolver problemas, el aprender a escucharse, etc. Ha sido un proceso en que ellos me han acompañado de muy buena forma.

 

¿Tú te consideras más como un director que compone, o un compositor que dirige?

Esa es una muy buena pregunta, y yo mismo siempre me la estoy haciendo. Cuando estudié dirección con Juan Pablo Izquierdo, yo era un compositor interesado en dirigir, pero al mismo tiempo recibía estímulos en contra de los directores, que eran muy mal vistos por los compositores en ese momento. Izquierdo era una excepción por su vínculo con la música contemporánea, pero igual durante mucho tiempo me consideré principalmente un compositor. Hasta que tomé contacto con Eduardo Browne, y empecé a estudiar la dirección desde un punto de vista más técnico. Era analizar la música de manera diferente a como se enseña el análisis en la carrera de composición. Eso me motivó a indagar más profundamente en la dirección, por lo que actualmente me muevo en ambos ámbitos.

 

En tu labor como compositor se nota la confluencia de dos estéticas usualmente consideradas opuestas, el minimalismo norteamericano y el expresionismo de principios del siglo XX, asociado a la Segunda Escuela de Viena.

Esa apreciación es muy cierta, y yo inicialmente no me di cuenta, hasta que hubo un par de directores que me lo hicieron notar. Me acuerdo que Víctor Hugo Toro me lo comentó en un ensayo de una obra mía con la Sinfónica de Chile. Me di cuenta que había una búsqueda por dos caminos distintos, y que hasta ese momento podían aparecer incompatibles. Pero me he dado cuenta que esos dos elementos están presentes en lo que yo escribo, ya sea cuando hago algo cercano a lo tradicional o en una dirección más vanguardista. A veces aparecen discretamente y otras de manera explícita.

 

Tú diriges un conjunto que es mayoritariamente de vientos, sin cuerdas, salvo dos contrabajos. Curiosamente dos de tus obras que han tenido mayor exposición están escritas para orquestas de cuerdas. Scherzo aparece en un disco de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil (OSNJ) en homenaje a Jorge Peña Hen, mientras que “Extractos” está presente en la caja antológica del director Luis José Recart.

Yo partí tocando el violín, cuando muy niño, así que tengo una cercanía importante con las cuerdas. El Scherzo ganó el Concurso de Composición “Jorge Peña Hen” que realizó en varias oportunidades la Fundación de Orquestas Juveniles (FOJI), y por lo mismo, su nivel técnico es acotado. Por ejemplo, los segundos violines no pasan de cierto registro hacia arriba, o sea está restringido. Su lenguaje es cercano a lo modal, pero no es una obra con la que yo me identifique en lo más profundo. El caso de “Extractos” es distinto. Es parte de una obra mayor, que es una ópera sobre la Quintrala, que empecé a trabajar en 2004, pero nunca pude terminar. Dos porciones de ese proyecto, el preludio y la primera escena, conforman la base de “Extractos”, que terminó siendo una obra completamente nueva. Esta pieza es un ejemplo de lo que hablábamos de la fusión entre lo minimal y lo expresionista de manera más íntima.

 

Un aspecto menos conocido de tu creación son tus incursiones en el mundo de la electroacústica.

La electroacústica es algo que me interesaba periféricamente cuando yo estudiaba con Andrés Alcalde. En esa época al menos, él no estaba interesado en ese mundo, así que no lo promovía en sus clases. Estábamos muy centrados en la escritura, por lo que la electroacústica parecía algo lejano. Pero el interés de mi parte estaba presente, y me quedé con la inquietud. Muchos años después cuando el percusionista Marcelo Stuardo me encargó en 2006 una obra para su disco, pensé que era la oportunidad para hacer algo más concreto, y así nació mi Fantasía Concertante para vibráfono y pista de audio.

 

Luego vino tu ambiciosa obra electroacústica “Nosferatu”, que dura cerca de una hora.

Para indagar más a fondo en el tema, quise estudiar con Jorge Martínez, porque hacía una música completamente distinta a la mía. Así que realicé el Magister de la Universidad de Chile con él en torno a la electroacústica, y mi meta fue componer una obra de largo aliento, no algo de unos pocos minutos. Quería hacer una obra grande, al tiro pensando en 6o minutos o más. Tomé una obra audiovisual, la película muda “Nosferatu” de F. W. Murnau, y generé una composición electroacústica con el mismo título, en sincronía con el film, que dicho sea de paso, se hizo en 1922, cuando no existía este tipo de música.

En la variopinta fauna de la composición en Chile, ¿En qué sector te ubicas tú?

Yo creo que hay que hablar más de compositores que de estilos o escuelas. Yo siento una gran sensibilidad por el trabajo creativo de proceso y figura que hiciera Franco Donatoni, lo que heredé de mi maestro, Andrés Alcalde. Pero al mismo tiempo siento un acercamiento al trabajo orquestal visto desde un punto de vista un poco más tradicional, como lo que hizo Lutoslawski para darte una idea. Me es difícil ponerme en un lugar, y mis sensibilidades pueden estar al mismo tiempo con compositores que no tienen nada que ver uno con el otro, como Ligeti por un lado, y Górecki por otro. Tú mismo usaste la palabra “variopinto”, y eso es precisamente el medio chileno, una gran variedad de compositores con intereses distintos y que provienen de tradiciones distintas.

 

Has escrito piezas ocasionales y música incidental. ¿Coincides con Luciano Berio cuando decía que la música tiene distintas funciones?

Absolutamente. También Ennio Morricone dice algo interesante cuando divide la música entre “absoluta” y “aplicada”. Cada una tiene sus propias reglas, y las dos son válidas. La música aplicada está sometida a algo y punto. En ese sentido no hay un conflicto si es que alguien dispone limitaciones, el propio compositor puede encontrar un punto de expresión en ese sometimiento, porque a fin de cuentas se trata de una colaboración.

 

Mayor reconocimiento está teniendo la Banda Sinfónica de la Universidad de Chile, que dirige Eduardo Browne. ¿Esto podría incentivar el cultivo del formato en el país?

Es posible. Lo he conversado con Eduardo y existen muchas bandas en Chile. Lo que pasa es que son pequeñas, porque propiamente sinfónicas están solamente la de la FACH y esta otra que dirige él. Es un tema que está partiendo y es difícil hacer un pronóstico, pero si hay que especular, yo creo que se va a ir ampliando el espectro de bandas sinfónicas.

 

Empezaste a hacer música sinfónica temprano en tu carrera. Ganaste un concurso de la OSCH, que estrenó dos obras tuyas, “Pacífico” y “Temblor de Cielo”. ¿Cómo ves esas obras ahora, más de una década después?

“Temblor de Cielo” siempre me dejó muy conforme. Está muy cercana a la sensibilidad que tengo hoy en día. Cuando me preguntaste por los elementos de mi lenguaje, es esta la obra que me hizo darme cuenta del camino que estaba tomando mi estilo. A pesar de que “Pacífico” se tocó más veces, es esta la que yo veo como el punto de partida de la consolidación de una música personal y propia.

 

¿Cuáles son los próximos proyectos tanto para la banda como en el campo de la composición?

Con la banda hay un proyecto vinculado a un programa de televisión de tipo didáctico, que no puedo comentar por el momento, pero apenas se concrete lo contaré. Y en composición, hay un proyecto de componer una obertura para tocar en conjunto con dos agrupaciones, que tampoco puedo mencionar cuales son. También quiero retomar mi ópera “La Quintrala”, pero trabajando sin ningún plazo ni exigencias ni compromiso, como algo personal de un proyecto ambicioso que quedó pendiente hace diez años. Será algo marginal a mis actividades habituales.

 

Álvaro Gallegos M.

17/02/2014

 

Comentarios