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El compositor será homenajeado por la Orquesta Sinfónica de Chile (OSCH) en un concierto gratuito este viernes 18 de enero en el Teatro Universidad de Chile. El maestro conversó con nosotros para comentar de su obra y su inspiración.

Cirilo Vila (n.1937)  no necesita una extensa presentación. Al recibir el año 2004 el Premio Nacional de Artes Musicales, se reconoció su extenso y cuantioso aporte en el medio musical chileno, a través de las tres facetas que cultivó, es decir, como compositor, como un pianista comprometido con la difusión de la creación local, y tan importante como las otras dos, como uno de los principales pedagogos en el oficio de la composición. En este ámbito, formó a decenas de compositores, que hasta el día de hoy, reconocen el aporte del maestro Vila a su propia labor creativa.

Actualmente el maestro Vila se encuentra retirado de la enseñanza y de la vida musical activa. No está componiendo, aunque reconoce que constantemente aparecen en su cabeza ideas musicales. “Siempre pienso en fragmentos, trozos que podrían servir de base a nuevas obras, pero no he podido trabajarlos debido a mis problemas de salud”, explica. Y es que como dijo Juan Orrego-Salas en entrevista a Radio Beethoven hace unos meses, “un compositor nunca se retira”.

A pesar de estar alejado de la creación y la interpretación, sus obras siguen sonando en nuestras salas de concierto y así será en el concierto gratuito con que la Orquesta Sinfónica de Chile (OSCH) cerrará el XIII Festival de Música Contemporánea U.Chile, este viernes 18 de enero, a las 19:30 horas, en el Teatro Universidad de Chile. La agrupación, que será dirigida por Francisco Rettig, homenajeará a Vila interpretando su “Elegía: In Memoriam Béla Bartók”, junto a obras de Antonio Carvallo, Andrián Pertout, e Igor Stravinsky (“Sinfonías de Instrumentos de Viento”).

 

Háblenos de esta obra que será interpretada por la OSCH y que tributa a uno de los grandes compositores del siglo pasado.

Esa la compuse en 1981 por encargo de las Semanas Musicales de Frutillar, donde se estrenó al año siguiente dirigida por Francisco Rettig. Está escrita para cuerdas y timbales, donde la percusión no es solista, sino que debe estar incorporada a la orquesta, como el corazón de esta, tal como en Beethoven. Para crearla me inspiré en la Música para Cuerdas, Percusión y Celesta de Bartók, y de alguna manera quise tomar ciertos elementos rítmicos de su música, lo que no es muy notorio en principio, ya que mi obra es de tempo lento. Es importante recalcar que fue pensada para una orquesta de estudiantes, por lo que la pensé de manera didáctica. La idea era introducir a los jóvenes a la música del siglo XX a través de uno de sus más importantes compositores.

 

No fue la única pieza que usted ha escrito pensando en algún compositor que le es importante, también hay en su producción obras en homenaje a Arnold Schoenberg y Franz Liszt, entre otros.

Ciertas ocasiones en mi carrera se han prestado para escribir obras que me han permitido rendir homenajes a estos compositores. En el caso de Liszt, fue la “Rapsodia Chilensis”, donde me basé en todos aquellos elementos que él aportó en su tiempo al lenguaje musical, y que fueron innovaciones. También están las dos obras para violoncello y piano tituladas “Del Diario de Viaje de Johann Sebastian”, refiriéndome a Bach desde luego, donde la segunda se subtitula “Una Invitación al Vals con Lunes de Arnold Schoenberg”. Yo me imaginaba a Bach visitando lugares en los que nunca estuvo, como por ejemplo, juntándose con Schoenberg en Viena. Lo mismo pasaba en la otra pieza, cuyo subtítulo es “Conversaciones con la Sombra de John Lennon”. Eso fue el año 2000, en que se conmemoraban 250 años de la muerte de Bach y 20 de la muerte de Lennon.

 

Al llevar una carrera dual de pianista y compositor, ¿utilizaba usted este instrumento para componer?

Yo trataba de prescindir del piano para hacerlo para no sentir el influjo de mi condición de pianista. A veces lo usaba, pero principalmente para probar sonidos y armonías.

 

Durante su carrera usted abordó mucho el género de la música incidental, tanto para teatro como para cine, ¿utilizó usted un enfoque muy distinto en estos trabajos en relación a su música de cámara y sinfónica?

Indudablemente, porque en esos casos se trabaja con un director, y uno se pone a su servicio. Hay que adaptarse a los requerimientos de tiempo también que eso afecta la métrica de la música, dos compases más, dos compases menos. También hay un requerimiento en relación a la época en que se realiza una obra o una película, y eso se traduce en música inspirada en tiempos remotos.

Cuando se produjo el golpe de estado en 1973, usted estaba trabajando en una obra para el conjunto Quilapayún, la “Cantata del Carbón”, que por lo mismo quedó inconclusa.

Yo tuve un primer acercamiento con el conjunto a través de la “Cueca de la Libertad” que yo escribí para ellos. Luego surgió este proyecto, basado en textos de Isidora Aguirre. Gran parte de las canciones quedaron terminadas, faltaron parte de los relatos, las secciones instrumentales y los intermedios. La gente de Quilapayún se fue al exilio, se perdió el contacto, y no hubo oportunidad de retomarla.

 

¿Usted como compositor no es de lo que retoma obras después de mucho tiempo?

No necesariamente, pero en este caso en particular fue que se produjo un cambio de época. Sentí que con el retorno a la democracia, la obra no resultaba vigente, ya no estaba la frescura de la época y los procesos sociales que se produjeron.

 

Este año se cumplirán 40 años del golpe. ¿Qué siente al respecto?

Se generan muchos sentimientos, porque fue algo que nos marcó a todos. Hay ciertos valores de la época, ciertos ideales, que siguen estando presentes. Se han rescatado, se han renovado de alguna manera, y a pesar del contexto histórico diferente en el que vivimos, es algo que vemos todos los días en las calles.

 

Al mismo tiempo son 40 años del alevoso asesinato de Víctor Jara, de quien usted adaptó tres canciones para tenor y piano.

Esos arreglos fueron un encargo de Hanns Stein para una gira que él hizo. Trabajando en esas transcripciones me fui interiorizando en la gran calidad musical de Víctor Jara. El alimentó toda una vertiente de la música chilena, la que podríamos calificar como comprometida. Y todo el mensaje de que se podían hacer cambios en la sociedad lo llevó a música de gran calidad, con una voz muy personal y una poética que no se encuentra muy seguido en la música popular. Yo lo pongo a la misma altura que la figura de Violeta Parra que fue muy importante en mi vida.

 

¿Cómo así?

Yo conocí a Violeta en París, en la época en que yo participaba en las clases de análisis de Olivier Messiaen. Ella me hizo sentir lo de la raigambre chilena. Mientras yo estudiaba la tradición europea y la nueva música del viejo continente, ella me inspiró a tratar de establecer un vínculo entre el hacer música de tradición escrita y el ser chileno.

Para los que están más familiarizados con su trabajo, hay una pieza muy reconocida, que es “Germinal” para orquesta, de 1989. ¿Encuentra usted que con esa obra alcanzó usted un punto alto de su carrera?

Es difícil para mí decirlo, pero es probable que así sea, porque es una composición que me dejó muy satisfecho, y que tiene muchas connotaciones muy personales. La idea original de “Germinal” era hacer una obra abierta, en la que yo pudiera ir agregando cosas con el paso del tiempo, así como un “work-in-progress”. Traté de aunar elementos de la música moderna, con ciertos rasgos de la tradición, como el uso de tríadas. Al final la obra me gustó tal cual, y después no le agregué ni quité nada.

 

¿Y hay obras en su catálogo que usted atesore de manera especial?

Hay varias, sí. Le tengo mucho cariño a mis obras para canto y piano, como “El Fugitivo”, “Oda a la Esperanza” sobre texto de Neruda y el tango “Tan Solo Sombras”. De un modo u otro, toda la música es tributaria del canto humano. El canto es la base de la música. Es esencial, además del ritmo. El elemento “canto” está presente en los instrumentos, es inherente. Cuando hay un impulso musical detrás, una coherencia desde la primera hasta la última nota, uno percibe que es algo que se puede cantar. Allí está el germen, y es importante que los músicos, además de saber solfear, sepan cantar. Precisamente escribí una obra que se titula “Canto” y que no tiene voz, es para un conjunto de instrumentos. Esa es una de mis preferidas. También podría nombrar “Secuencias” para cuarteto de cuerdas y “Hojas de Otoño” para flauta sola.

 

Usted es ampliamente reconocido como formador de decenas de compositores. ¿Qué importancia le atribuye usted a la enseñanza del arte de la composición?

Eso es algo que me enriqueció enormemente, el acercarse a gente nueva con la inquietud de crear. Yo mismo he aprendido mucho enseñando composición, y eso se da porque se genera una dinámica distinta a los otros cursos que se enseñan en el conservatorio, como armonía, contrapunto, y todo eso que se da en un marco mucho más estricto. En cambio en las clases de composición, son los alumnos los que proponen, y uno lo que tiene que hacer es ayudarlos a encontrar su propio camino. El profesor de composición se transforma en un colaborador.

 

He conversado con muchos compositores que están iniciando sus carreras, y existe gran preocupación en ellos por el sentido de componer en un medio que les parece indiferente, y donde todos los actores del medio reciben una remuneración por el trabajo de montar una obra, salvo el compositor.

Yo a esos jóvenes les diría que antes que nada está la vocación de compositor. Si eso está presente, pienso que es algo que hay que darle curso, independiente de si el medio o sociedad donde uno ese desenvuelve es favorable o no. También es legítimo el buscar un reconocimiento, pero no creo que haya en Chile alguien que viva de la composición. Creo que el hecho mismo de escribir la música deja la posibilidad abierta de que pueda convertirse en sonido en algún momento. En lo más práctico, sugeriría a los compositores más jóvenes partir por hacer obras para pocos medios, o sea, instrumentos solos o para grupos de dos o tres integrantes, con el fin de darles salida a sus obras y así ir generando vínculos y abrir espacios para el trabajo de uno mismo.

 

Álvaro Gallegos M.

17/01/2013

 

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