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El reencuentro con Chile de Juan Allende-Blin
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El reencuentro con Chile de Juan Allende-Blin


Por: - 4 de diciembre de 2009

El prestigioso compositor nacional volvió a nuestro país, luego de diez años de ausencia, para supervisar su obra escénica “Expulsados del País”, que se podrá ver en el Goethe Institut, los días 8 y 9 de diciembre, a las 19:30 horas. Aprovechamos de conversar con uno de los nombres con mayor presencia internacional de nuestra música de tradición escrita.

Definida como “teatro político”, los días 8 y 9 de diciembre, a las 19:30 horas, se presenta en el Goethe Institut de Santiago la obra escénica “Expulsados del país” del prestigioso compositor chileno Juan Allende-Blin, quien ha residido en Alemania desde 1951. Es una obra estrenada en 1978, que toma el exilio como punto de partida con el relato de algunos escritores que en distintas épocas debieron emigrar de sus países.

En este montaje participan actores y cantantes del Theater Bonn, y un conjunto de instrumentistas bajo la dirección de David del Pino. También habrá un diálogo este lunes a las 19:30 horas en el mismo Goethe Institut, a cargo de Hanns Stein y el propio Allende-Blin, quien viajó desde la ciudad de Essen, donde vive, para supervisar personalmente esta puesta en escena.

Conversamos con este compositor, que es uno de nuestros compatriotas que más reconocimiento ha alcanzado a nivel mundial. Esta es su primera visita a Chile desde 1999, por lo que es un reencuentro que lo “emociona enormemente”, según él mismo reconoce.

 

Cuéntenos maestro, ¿Cuáles han  sido sus vínculos con Chile durante su larga residencia en Alemania?

Ha sido más bien a través de la poesía que con la música, ya que siempre he leído los poemas de Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Rosamel del Valle y otros. Yo he traducido además sus poemas al alemán. Ese ha sido mi principal contacto con este país. Yo creo que Chile tuvo una época fantástica en el siglo veinte, hasta más o menos la muerte de Neruda, en cuanto a poesía y prosa. Ese contacto con la poesía chilena nunca lo he perdido, a pesar de que vengo poco al país. La última vez que estuve en Chile fue en 1999 cuando en el Goethe Institut se tocaron varias obras mías.

 

¿Ha tenido durante el último tiempo contacto con el medio chileno y sus compositores?

Con el único que mantengo una correspondencia más o menos regular es con Fernando García, a quien admiro como compositor, no solo como amigo. Es un excelente músico, y en conferencias que yo he dado sobre la música en Latinoamérica, he hablado sobre él. La última vez fue en Austria donde se tocó incluso una obra suya con bastante éxito.

 

Hablemos de esta obra que se va a representar, “Expulsados del País”.  ¿Cómo podría definirse genéricamente?

Yo no quería hacer una ópera porque creo que es un género caduco. Por eso su subtítulo es “acciones concertantes”, y hay alternancia entre partes actuadas y partes cantadas, donde estas no implican representación especial. A mí esto me parecía más interesante que la ópera que hemos conocido, donde encontramos obras tan geniales, incluso en el siglo veinte, con las cuales muy difícil competir.

 

Se puede trazar toda una relación con la situación que se vivió en Chile con el exilio.

Exactamente. La obra la compuse en 1978, por encargo del Festival de Berlín. En esta pieza mezclé la vida en el exilio de poetas alemanes, con la figura de Pablo Neruda, que durante la Guerra Civil Española era cónsul en Madrid y salvó a mucha gente. Además que fue amigo de grandes poetas de la época como Federico García Lorca. Por esto, una de las escenas centrales de la obra es la musicalización de poemas de “España en el Corazón”. Y otra cosa importante es que yo empleo cinco lenguajes: alemán, francés, latín, inglés y español. A mí me importa la reacción del público que no puede entender los textos, para así darse cuenta de cómo es sentirse en el exilio, en un país donde uno no domina el lenguaje. Hay otro asunto que quisiera recalcar en relación al lenguaje. Yo prefería como título en español “Los Proscritos”, que es la palabra española que significa exactamente “expulsados del país”. Pero mis amigos me dijeron que aquí “proscrito” tiene una connotación de estar fuera de la ley. Esa es otra de mis preocupaciones: cuando vengo a Chile me encuentro con un lenguaje bastante cambiado, con palabras que no significan lo mismo y otras que no entiendo.

 

¿Se ha sentido parte de alguna escuela o grupo estético en cuanto a la composición o cree que ha mantenido una posición totalmente personal?

Jamás he creído en escuelas. Creo que ningún compositor serio piensa en escuelas. Para simplificar las cosas se habla, por ejemplo, de la Primera y la Segunda Escuela de Viena. Eso es totalmente absurdo. A nosotros nos deben interesar Haydn y Mozart, o Schoenberg, Berg y Webern, no en cuanto a escuelas, sino que en cuanto a que cada uno de ellos individualmente es un personaje genial. Eso se aplica a Schumann, Debussy, etc. El pensamiento de una escuela es algo que estorba, porque significa tomar ideas ajenas, lo cual no implica que uno no tenga influencias. Por ejemplo a mí me interesa la obra de Scriabin, pero a la vez me interesa Schoenberg, y yo tengo la libertad de admirar a ambos y de adoptar ciertas ideas matrices de ellos, sin que yo me quiera encasillar en una escuela.

 

Usted otorga gran importancia al uso del silencio, ¿qué representa el silencio como recurso para usted?

Yo lo veo como el uso que tiene el blanco en las pinturas. Usted no dice que el blanco no es color, dice que es parte constituyente del cuadro. Lo mismo en la música, el silencio no es un “hoyo”. Es un momento donde uno se repliega, tal vez para recordar lo que se ha escuchado o tal vez para suponer lo que sucederá después. No es una carencia de sonido, sino un puente entre una idea y otra.

 

¿Cuáles son sus intereses a la hora de componer?

Hay algo muy importante cuando uno oye mis obras directamente, que a veces no se puede apreciar tanto en grabaciones. Lo que a mí me interesa en el sonido del piano, por ejemplo, no es el momento del ataque, sino lo que viene después, la resonancia. La gente normalmente se fija en el ataque y no se da cuenta de los arcoíris sonoros que se producen con las resonancias. En general no estamos acostumbrados a escuchar las finuras que están en el sonido más allá del ataque. Lo otro que me interesa son las nuevas posibilidades de los instrumentos, como lo he tratado de hacer en mis obras para piano y para órgano, en el caso de este último, trabajando con distintas presiones de aire.

 

El sello alemán Cybele ha editado dos álbumes de su música, ¿hay planes de más discos compactos?

Sí, el próximo año se editará un tercer disco con obras nuevas. En mis últimas composiciones he trabajado con distintas conformaciones instrumentales y vocales, repartidos en el espacio. A veces escribo para iglesias, no por motivos religiosos, sino porque hay instrumentos maravillosos, como los órganos, donde la caja de resonancia, digamos, es el edificio. Yo entonces, he puesto grupos instrumentales en distintas partes de la iglesia y así se genera una poli-polifonía.

 

John Cage en 1988 dedicó a usted su obra “One”. ¿Cuál era su relación con Cage?

De una amistad muy simpática. Yo iba a comer a su casa, y gozaba lo que él cocinaba, que era pura comida macrobiótica. Según él era la forma de controlar la artrosis que padecía. Cada vez que nos veíamos era muy cordial y yo lo quería mucho, y sentí bastante su muerte. Cage abrió puertas en la música, pero desde un punto de vista de perspectiva del arte. Logró sacarle el aura sagrada al arte, para hacer de ello algo más humano.

 

Un hecho que le trajo mucha fama fue la edición que usted hizo de “La Caída de la Casa Usher” de Debussy. ¿Cómo llegó a embarcarse en ese proyecto?

Todo partió con una anécdota familiar. Mi tío Pedro Humberto Allende, era amigo de Debussy, y cuando yo era muy joven me contó que él tenía dos proyectos de ópera con textos de Edgar Allan Poe, pero que no las había concluido. Por una casualidad, muchos años después, supe que en la Biblioteca Nacional de París, había un cuaderno con un gran fragmento de la ópera. Lo fotocopié y me entusiasmó muchísimo este manuscrito, donde estaban las líneas vocales casi sin instrumentación. Yo entonces le escribí una carta a la hija adoptiva de Debussy, que sabía que aún vivía. Ella me contestó inmediatamente, diciendo que se acordaba de mi tío, y me invitó a su casa. Fue impresionante entrar y encontrarse con el piano de Debussy. Allí encima, había una página de música y reconocí inmediatamente que era una parte de la ópera. Luego fotografíé ese manuscrito y esta señora me dio direcciones de amigos que ella pensaba que podían tener más páginas de la obra. Así que fui de casa en casa buscando. Había la posibilidad de encontrar una página en Israel, donde no tuve éxito, pero en Londres sí. Luego en la Biblioteca de París aparecieron más páginas y así. De esta manera, el total es de alrededor de 30 o 35 minutos de música maravillosa, que yo orquesté según las indicaciones breves del propio Debussy, las que fueron decisivas.

 

Debe haber sido un proceso muy estimulante y revelador.

Sí, me di cuenta de muchas cosas. Pude averiguar que en los últimos años de su vida, Debussy trabajó intensamente en esta obra, de una manera muy concienzuda. Lo extraordinario es que en el cuento de Poe, figura un médico, que es un personaje mudo, él abre la puerta cuando llega el amigo de visita a la Casa Usher, y eso es todo. En Debussy es la parte más extensa de la obra, y es porque cuando estaba trabajando en el libreto, su médico, que era además su amigo, le dijo que tenía cáncer y por eso el rol del médico tiene esa importancia. Además es una música mucho más trágica de lo que podemos encontrar en Debussy. Este, y otros aspectos privados de la vida del compositor, hacen que sea un auténtico sismógrafo psíquico de su vida.

 

Álvaro Gallegos M.

04/12/2009

 

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