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Strauss, Richard

Biografías

Strauss, Richard

Nacimiento: München, 1864-6-11 Muerte: Garmisch-Partenkirchen, 1949-9-8 Nacionalidad: Alemán

A diferencia de sus contemporáneos Debussy y Mahler, alcanzó la fama rápidamente y, antes de los 21 años, era aclamado como el sucesor de Brahms y Wagner. Sus poemas sinfónicos compuestos antes de 1900 entraron de inmediato al repertorio internacional y sus primeras óperas lo ubicaron al frente de la vanguardia musical, transformándolo en uno de los personajes m s controvertidos de la época. A pesar de que su popularidad cayó ostensiblemente con la llegada de la Primera Guerra Mundial y la aparición de movimientos anti-románticos, su labor creativa continuó sin interrupción hasta el final de sus días.

Aunque la ópera ocupó la mayor parte de la labor creativa de Strauss, sus primeros éxitos los obtuvo en el campo instrumental, específicamente con sus poemas sinfónicos. Sin embargo, el estilo que presentan estos trabajos difiere bastante de aquel que muestran sus composiciones juveniles; esto se debe a la profunda influencia que ejerció la educación que le brindó su padre, quien era un músico muy conservador que se desempeñaba como cornista en la Orquesta de la Corte de München. Cuando éste notó las aptitudes de su hijo, lo puso en manos de algunos de sus compañeros de orquesta y nunca lo envió a una academia de música. Así pudo supervisar sus estudios de piano, violín, teoría, armonía e instrumentación, mientras guiaba sus gustos musicales haciéndole escuchar sólo a los clásicos. Este tradicionalismo marcó profundamente las primeras creaciones de Strauss y le sirvió para ser aceptado de inmediato en los círculos artísticos que preferían la música de Brahms antes que la de Wagner.

Entre esas primeras obras encontramos una sinfonía, conciertos para corno y para violín, y algunas partituras para vientos. Estas últimas, realizadas entre 1881 y 1884, fueron bastante significativas para los inicios de su carrera. Se trata de la Serenata Op.7 y la Suite Op.4 que atrajeron la atención del afamado director Hans von Vulgo, quien hasta entonces había tenido una opinión desdeñosa hacia el compositor y que rápidamente incorporó tales obras al repertorio de la orquesta de Meiningen que conducía.

A comienzos de la década de 1880, el estilo de Strauss sufrió un cambio notable, sobretodo después de conocer al violinista Alexander Ritter, un devoto seguidor de Wagner y Liszt. Ritter se encargó de “convertir” al joven Strauss a la filosofía de la “nueva música” o “música del futuro”, donde lo poético se transforma en el elemento formativo de una obra. El resultado inmediato de esta conversión fue una fantasía sinfónica que recoge las impresiones que produjo en Strauss su primera visita a Italia en 1886. Al ser estrenada en München al año siguiente, la obra dividió a la audiencia en admiradores y detractores, tomando un carácter controvertido que, en realidad, no merece; el mismo compositor la consideraba “una conexión entre los métodos tradicionalistas y modernistas”.

La otra partitura que marcó el cierre de esta etapa formativa en Strauss fue la Burlesca para piano y orquesta escrita en 1885 para Hans von Bülow. Pero como este artista la encontró muy complicada, la partitura no fue estrenada hasta 1890 por Eugen d’Albert.

Entre 1888 y 1889, Richard Strauss compuso los poemas tonales que lo llevaron a la fama. El primero de ellos fue Macbeth, un trabajo experimental que, a pesar de ser interesante, fue opacado inmediatamente por su sucesor, Don Juan, estrenado con gran éxito en Weimar en noviembre de 1889. El impulso para crear Don Juan se lo dio su amor por Pauline de Ahna, soprano con la que se casaría en 1894 y para quien escribiría la mayoría de sus canciones. La base para esta obra fue un poema de Lenau y el resultado fue una partitura apasionante, donde se funde todo lo que Strauss había aprendido hasta entonces como compositor y director, es decir, continuidad musical, virtuosidad orquestal y una pirotecnia sin precedentes.

Después de Don Juan y en un lapso de diez años, vinieron los poemas sinfónicos Muerte y Transfiguración, Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, Así habló Zarathustra, Don Quijote y Vida de Héroe. Durante ese periodo, Richard también ganó notoriedad como director de orquesta en Weimar, München y Bayreuth, mientras consolidaba su posición como el compositor más importante desde Wagner. Su nombre era sinónimo de modernismo y cacofonía, debido a las enormes fuerzas instrumentales, el diseño innovador y los efectos que empleaba en sus obras.

Para Muerte y Transfiguración, Strauss proporcionó una detallada sinopsis sobre lo que ilustra la música: un artista rememora instantes de su juventud mientras se encuentra en su lecho de muerte sufriendo agonía física… después de morir su alma logra transfigurarse… Estos episodios son representados con una temática cíclica, algunas disonancias armónicas y una verdadera belleza sonora.

Después de componer Don Juan y Muerte y Transfiguración, pasaron cinco años antes de la aparición del siguiente poema sinfónico de Richard Strauss. En 1894 comenzó a escribir Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel basándose en una antigua historia popular germana sobre este personaje. Originalmente, Strauss deseaba realizar una ópera sobre Till Eulenspiegel, pero finalmente decidió condensar la acción en este poema tonal que completó y estrenó en 1895. Al considerar la detallada descripción de la personalidad y las aventuras del protagonista, así como, el humor musical que envuelve a la partitura, nos encontramos, sin duda, ante una de las obras maestras del compositor germano.

El siguiente poema sinfónico, Así habló Zarathustra, acaparó de inmediato la atención del público, no sólo por su música, sino también, por su argumento. Compuesto entre 1895 y 1896, es un “comentario” sobre el poema de Nietzche que trata sobre la controvertida doctrina del “superhombre”. La partitura muestra un importante avance en el uso de la forma de un movimiento y puede definirse como una fantasía libre unificada por el motivo musical que da inicio a la obra. Su maestría orquestal y los sorprendentes efectos politonales que contiene, le aseguraron, desde su estreno, un lugar permanente en el repertorio de las grandes orquestas.

Con su siguiente obra, Don Quijote, Strauss sobrepasó sus propios logros en el campo de la orquestación. Compuesto entre 1896 y 1897, Don Quijote es considerado como la obra más fina y poética dentro de su producción; escrito en forma de variaciones, es un retrato sicológico muy sutil del estado mental del protagonista, quien aparece representado por el cello y el violín solistas, mientras su acompañante, Sancho Panza, lo es por la viola, el clarinete bajo y la tuba, y Dulcinea, por el oboe. Strauss seleccionó los episodios de la obra de Cervantes y los arregló de acuerdo a sus necesidades, creando una estructura musical conformada por una introducción, el tema, las diez variaciones y un epílogo.

Paralelamente a su labor creativa, Strauss se transformó en uno de los tres directores austrogermanos más famosos de la época, junto a Mahler y Weingartner. Richard Strauss era requerido constantemente como conductor invitado y en tal calidad visit¢ Inglaterra, Holanda, Francia y España durante 1897. Por esta época era el director principal de la Opera de München y al año siguiente pasó a ejercer un puesto similar en la Opera de Berlín. Ese mismo año, 1898, completó otro de sus poemas sinfónicos, el más extenso hasta entonces y uno de los más controvertidos.

Se trata de Vida de Héroe, una especie de autobiografía musical en la que un Kapellmeister es acosado por sus adversarios, los críticos musicales, mientras su esposa lo cuida y lo tranquiliza. Es una obra que se interpreta sin interrupciones e ilustra con inventiva, humor y homogeneidad, un programa del que, igualmente, podría prescindir, dándole un posible sitial como música abstracta. Al considerar su aspecto programático, su único rival como autobiografía musical en una escala tan fogosa e innegablemente efectiva es la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz.

Con la llegada del nuevo siglo, Strauss conmocionó al público y a la crítica con dos obras, ambas presentadas en Nueva York: la Sinfonía Doméstica y la ópera Salomé. La primera de ellas fue estrenada en esa ciudad en 1904, causando furor debido a que requería del más nutrido grupo de ejecutantes desde Berlioz y su orquesta ideal. Sin embargo no llegó a escandalizar como lo hizo Salomé cuando fue representada tres años después en los Estados Unidos y tuvo que ser retirada inmediatamente debido al clamor público.

Volviendo a la Sinfonía Doméstica, ella fue escrita en 1903 con un programa que fue descrito como “un cuadro de Richard Strauss y su esposa Pauline en el hogar, peleando, bañando al bebé, trabajando, amando, soñando”… no obstante, Strauss quería que fuese juzgada sólo como música absoluta e hizo pocos comentarios acerca de su programa.

Aunque había escrito antes en el género, Salomé fue el primer gran éxito de Strauss. Escrita entre 1903 y 1905, recoge la historia de una joven virgen de 16 años y sus perversas obsesiones. Obviamente, este argumento causó escándalo y contribuyó a darle publicidad a la obra, que llegó a ser representada en 50 teatros en sólo dos años. Para muchos, Salomé es una especie de poema sinfónico con interludios vocales, lo que se refleja en la importancia que toma la parte instrumental en el desarrollo de la atmósfera, con una inventiva y un despliegue de virtuosismo orquestal notables.

Debido al suceso provocado por los poemas sinfónicos y Salomé, cada nuevo trabajo de Strauss era esperado con ansiedad y era precedido por una gran publicidad. Esto aconteció tanto con sus siguientes obras orquestales como con sus óperas, como fue el caso de Elektra y El Caballero de la Rosa, las que obtuvieron éxitos resonantes. De ellas, El Caballero de la Rosa permanece hasta hoy como la ópera más popular de Strauss, a pesar de haber sido considerada como un retroceso en la evolución estilística del compositor.

Escrita entre la primavera de 1909 y septiembre de 1910, en colaboración con el libretista Hugo von Hofmannsthal, El Caballero de la Rosa mezcla romance, ternura, farsa y sentimentalismo, situando su trama en la Viena del siglo 18, época de la emperatriz María Teresa. Dos características notables en esta obra son la participación de tres sopranos, en roles muy diferentes, y una partitura que puede ser definida como un festín melódico dominado por ritmos de vals.

La composición de la ópera El Caballero de la Rosa fue seguida en 1912 por un inusual experimento que reunía teatro y ópera en una misma obra; este híbrido no tuvo éxito ni futuro, ya que requería, para su representación, de compañías que contaran tanto con actores como con cantantes de primera categoría. Como resultado del fracaso de esta creación, nacieron dos trabajos escénicos, la ópera Ariadna en Naxos y la música incidental para una adaptación de Hofmannsthal de El Burgués Gentilhombre de Moliere.

La primera fue presentada en Viena el 4 de Octubre de 1916, mientras que la segunda, en Berlín en 1918. La música para El Burgués Gentilhombre pertenece a una serie de partituras que escribió Strauss para pequeña orquesta y, aunque recurre a algunas melodías de Lully, es un trabajo influido notablemente por Mozart, al igual que El Caballero de la Rosa.

La siguiente ópera, La Mujer sin Sombra, es considerada como la mejor partitura creada por Strauss junto al libreto más simbólico e intelectual de aquellos escritos por Hofmannsthal. En ella se mezclan un cuento de hadas, magia y sicología freudiana con una música íntima, de virtuosidad mahleriana y de opulento exoticismo. Con el fallecimiento de Hofmannsthal en 1929, mientras ambos trabajaban en Arabella, el compositor tuvo que requerir la ayuda de otro escritor para sus libretos.

Primero fue Stefan Zweig, novelista y biógrafo judío con el que produjo La Mujer Silenciosa en 1935, y luego fue Josef Gregor, quien recomendado y supervisado por Zweig colaboró con el músico en sus siguientes óperas (Friedenstag, Daphne y El Amor de Danae), entre 1935 y 1940. De ellas la única que no llegó a realizarse mientras Strauss vivió fue El Amor de Danae que sólo se estrenó en 1952 en Salzburgo.

Entre Richard Strauss y Hofmannsthal también hubo una colaboración no operística, un ballet para Serge Diaghilev compuesto entre 1912 y 1914 bajo el título La Leyenda de José y estrenado en París en mayo de 1914. Por esa época completa una partitura que había abordado intermitentemente desde 1911, la Sinfonía Alpina, su último poema tonal importante. La obra describe un día en las montañas visto por Strauss desde la ventana de su estudio en Garmisch. Es una apoteosis orquestal que requiere más de 150 ejecutantes y que posee una suprema estructura contrapuntística unida a un esplendor sonoro consumado; tales características contradicen cualquier sugerencia sobre una decadencia creativa que haya sufrido Strauss después de escribir El Caballero de la Rosa, demostrando, además, su maestría en el arte de fundir pictoralismo con música absoluta en una estructura completamente unificada.

Durante la Primera Guerra Mundial, Strauss concentró sus fuerzas en la dirección orquestal y la creación de óperas. Con la primera obtuvo mucho más éxito que con la segunda, ya que después de El Caballero de la Rosa, no pudo conseguir un éxito similar con ninguna otra ópera. Una influencia notoria sobre esta situación fue el apego de Strauss a aquellas formas que ya eran consideradas anticuadas aún cuando sólo una década antes lo habían llevado a la cúspide del mundo musical. El arte europeo se orientaba en una dirección diferente y aparecían compositores mucho más atrevidos que él.

Pasaron los años, terminó la Primera Guerra Mundial, murió Hofmannsthal y los nazis subieron al poder. Strauss, acostumbrado a ignorar la política y ya con 70 años de edad, prefirió quedarse en su patria. Como aún era considerado como una eminencia, los nazis le nombraron presidente del Reichmusikkamer y, por ende, fue etiquetado como allegado al régimen, a pesar de que hacía y decía cosas que habían enviado a otro a un campo de concentración; no tuvo inconveniente en utilizar a un libretista judío para sus óperas y lo hizo con Stefan Zweig.

Sin embargo, nunca se esforzó por luchar contra el régimen y cuando se dio cuenta de sus horrores ya era muy tarde. Fue obligado a dejar su puesto en el organismo estatal y debió establecerse en Viena junto a su familia.

Eso ocurrió en 1941, año en que Strauss completó su última ópera, Capricho, empleando un libreto de Clemens Krauss, afamado director que había llegado a ser uno de los intérpretes favoritos de su música desde la década del 20. Capricho fue descrita como una obra coloquial, se desarrolla en el siglo 18 en Francia y, a través del amor de una condesa por un poeta y un músico, simboliza la tan antigua rivalidad entre los elementos que interactúan dentro de una ópera. El término “obra coloquial”, que implica un novedoso uso de recitativo seco y pasajes de puro diálogo para permitir una mejor audición del texto, ya había sido aplicado por Strauss en una ópera anterior, Intermezzo, compuesta entre 1918 y 1923 sobre un libreto realizado por él mismo.

Aunque esta obra contiene una caracterización del propio Strauss bajo el nombre de Storch, su contenido gira en torno al apoyo que requiere el compositor de su amada. Ya en Vida de Héroe y en la Sinfonía Doméstica había tratado esta representación de su esposa Pauline, quien ahora en Intermezzo es modelo para una mujer que tiene una crisis de celos provocada por un cómico malentendido con su marido.

Si bien Richard Strauss pensó en un momento que su carrera creativa concluiría con la ópera Capricho, completada en 1941, entre ese año y el de su muerte, 1949, aparecieron una serie de partituras que deliberadamente retoman un tipo de música que había escrito en su juventud. Entre ellas encontramos el Segundo Concierto para Corno, las dos Sonatinas para instrumentos de viento y el Concierto para Oboe. Otra respuesta creativa más conmovedora a las atrocidades de la guerra fue Metamorfosis, una especie de elegía a la vida musical germana de la que Strauss había sido líder por medio siglo, y una profunda expresión de su agonía mental al ver la destrucción de una cultura que lo había nutrido por tanto tiempo.

Y como un crepúsculo aparecen posteriormente las Cuatro Ultimas Canciones con una solemne profundidad que continúa la introspección de Metamorfosis. Esto las convierte en un notable final a la carrera de un compositor que compensó su pérdida de espiritualidad con una mirada asombrosa al interior del corazón humano. Con el final de la guerra, Strauss quedó marcado como colaborador del régimen nazi y decidió exiliarse voluntariamente junto a su esposa Pauline en Suiza. La mano de la reconciliación vino en 1947 cuando Beecham organizó en Inglaterra un festival con su música. En 1948 su nombre fue retirado de la lista de allegados a Hitler y se le permitió volver a Garmisch; este retorno fue retrasado por una operación hasta mayo de 1949; en agosto comenzó a fallar su corazón y el 8 de septiembre dejó de existir, poco después de comentar a su nuera que “morir es tal como lo describí en Muerte y Transfiguración”…

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