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Mahler, Gustav

Biografías

Mahler, Gustav

Nacimiento: Kalischt, Bohemia, 7 de Julio de 1860 Muerte: Viena, 18 de mayo de 1911 Nacionalidad: Austriaco

Desde sus primeras obras hasta la Segunda Sinfonía Gustav Mahler pasó sus primeros años en Iglau, donde comenzó a demostrar un precoz talento como pianista. Esto le permitió realizar algunos recitales antes de ser enviado a estudiar al Conservatorio de Viena, institución en la que estuvo entre 1875 y 1878.

Después de graduarse, y antes de 1880, el joven asistió a diversos cursos de historia y filosofía en la Universidad de Viena, trabajó como profesor de música y compuso su primera partitura importante, La Canción del Lamento, una cantata con textos del propio Mahler. Esta obra, si bien utiliza los principales recursos del romanticismo germano de fines del siglo 19 (magia, medievalismo y naturaleza), junto con demostrar cierta influencia de Wagner y Weber, ya revela varias de las características esenciales del estilo mahleriano. Por un lado, está el sorprendente manejo de la orquesta, el uso simbólico-dramático de la tonalidad y la síntesis de diversas formas que van más allá de la cantata; por otro lado, está la notable capacidad del joven creador para conjugar en una sola obra el drama, la tragedia, lo mundano y lo furtivo, configurando, sin duda, la composición más pluralista de su carrera artística.

Las sinfonías Primera y Segunda

En 1880 Mahler inicia su carrera como director ejerciendo temporalmente en diversos teatros y compañías operísticas; entre 1883 y 1885 permaneció en la ópera de Kassel, donde, motivado por un infeliz romance con una cantante, inicia la composición del ciclo Canciones de un caminante y de un poema sinfónico que, tras una larga gestación, llegaría a ser su Primera Sinfonía.

Compuesto entre 1883 y 1885, el ciclo revela la inmediata respuesta emocional del músico a su infortunado romance con una cantante mientras era director en Kassel; la secuencia posee una idea narrativa donde el “caminante” representa a un amante abandonado que intenta escapar de su miseria en un viaje solitario, mientras que la música explora texturas y desarrollos mucho más sinfónicos que aquellos normalmente asociados con el género.

A diferencia de las canciones, que presentan el impacto inmediato de la situación emocional de Mahler en dicho periodo, la sinfonía ofrece una reflexión más profunda y espiritual. Obviamente las implicaciones del romance se mantienen, pero el héroe romántico, en el cual descansa el programa de la obra, logra vencer su desesperación, desecha sus pensamientos suicidas y reafirma su fe tanto en la vida como en la belleza eterna del mundo que lo rodea. Su título, El Titán, aunque fue tomado de una novela de Jean Paul, no guarda relación con ella; en la Primera Sinfonía el Titán es el artista mismo que habla de las penas y alegrías de su juventud.

Los inicios de la carrera de Mahler como director fueron complicados y poco alentadores debido tanto a su mal carácter como al ruinoso estado en que estaban los teatros en que era contratado. Afortunadamente, su situación fue mejorando y, después de pasar dos años en Kassel, pudo acceder a Praga en 1885 y a Leipzig en 1886. En esta ciudad entró por primera vez en contacto con la colección de poesía folclórica llamada “Des Knaben Wunderhorn” (El corno mágico de la juventud), recopilada y adaptada por Achim von Armin y Clemens Brentano.

Aparecida en 1808 como un equivalente lírico de los cuentos de los hermanos Grimm, esa colección fue la primera de una serie de publicaciones que produjo un entusiasmo romántico por recuperar aquel idioma folclórico en peligro de extinción. El enorme potencial musical de esta colección no sólo proporcionó a Mahler una serie de textos para sus canciones, durante los siguientes 14 años, sino también, inspiró dos de sus partituras más ambiciosas, las sinfonías 2 y 3, obras híbridas que incorporan dos formas tradicionalmente disímiles: canción y sinfonía.

Es lógico que, al concebir estas creaciones, Mahler haya enfrentado problemas para combinar y configurar tales formas; de hecho, la segunda sinfonía tuvo que esperar seis años para lograr su estructura definitiva. Esta obra se inicia con un movimiento de carácter fúnebre que representa la muerte del triunfante héroe de la primera sinfonía; luego, los movimientos centrales sirven como nexo con el final, ya que en ellos el personaje recuerda pasajes de su vida terrenal y lucha contra su falta de fe en sí mismo y en Dios; en el último movimiento, basado en la Oda a la Resurrección de Klopstock, nuestro héroe ha encontrado las respuestas a su preocupación inicial sobre la muerte y logra tomar el camino que, finalmente, lo conduce a la salvación.

Las sinfonías Tercera y Cuarta

Entre los años 1886 y 1891, Mahler trabajó como director en Leipzig y Budapest, pasando luego a Hamburgo para tomar a su cargo el Stadttheater. Aquí ganó notoriedad gracias a sus interpretaciones de las óperas de Wagner, atrayendo la atención del público y de la crítica con su virtuosidad y genialidad como conductor. Paralelamente continuó su labor creativa e inmediatamente después de completar su Segunda Sinfonía, la que estrenó con enorme suceso en Berlín en 1895, inició la composición de la Tercera, subtitulada Sueño de una mañana de Verano y que puede ser definida como una monumental apoteosis de la Naturaleza.

Al igual que su antecesora, la Tercera es una partitura que incorpora elementos y recursos de la canción y la sinfonía. “Des Knaben Wunderhorn” y Nietzche son la fuente para los textos utilizados en esta partitura, la más extensa del autor, que exalta tanto las bellezas naturales como las manifestaciones simbólicas de la identidad terrenal del hombre; esta obra presenta una interpretación musical de la creación y la evolución del mundo real, desde el tempestuoso y colosal primer movimiento que retrata el estado más puro de las fuerzas de la Naturaleza, hasta la serenidad cósmica del final, donde el corazón humano ha alcanzado su plenitud para acercarse a Dios.

En 1897 Mahler dejó el Stadttheater de Hamburgo para trasladarse a Viena y dirigir, primero, la Hofoper, y luego, los Conciertos Filarmónicos. Junto a Alfred Roller, nombrado jefe de escenografía en 1903, el músico recreó obras maestras en producciones que marcaron un hito en la historia de la Hofoper, que alcanzó uno de sus periodos más gloriosos en manos de Mahler, y de la vida cultural de la Viena de la época.

Gracias a este éxito profesional, el compositor encontró la seguridad para dedicarse a crear una serie de partituras entre 1900 y 1906, siendo la primera de ellas la Cuarta Sinfonía. Con esta creación Mahler retornó a la tradición sinfónica, aún cuando sea la obra en que la idea programática aparece desarrollada en su grado más elevado y sofisticado. Esta concepción poética representa una progresión que va desde la experiencia hasta la inocencia, comenzando por un primer movimiento complejo y organizado meticulosamente dentro de la forma sonata, continuando con una secuencia de formas y estructuras que disminuyen gradualmente en complejidad, y finalizando con una canción extraída de la colección “Des Knaben Wunderhorn” que muestra la visión infantil del Paraíso.

La Cuarta Sinfonía no sólo cierra un periodo creativo en el que Mahler estuvo preocupado por reconciliar la tradición sinfónica con la canción folclórica y con los requerimientos del drama (lo que logra plenamente en esta obra), sino también, una etapa en que su ideal programático sufrió un cambio notable; la ferocidad e impaciencia de la Primera Sinfonía da paso a una trágica ingenuidad y afirmación final de inmortalidad en la Segunda; esta inmortalidad se aplica a la Naturaleza en la Tercera y a un reino de placeres, el Paraíso, donde la Cuarta tiene su completa existencia.
Y si bien a partir de la Cuarta no recurrió más a la canción como medio para solucionar conflictos formales o programáticos, Mahler continuó componiendo ciclos de canciones con orquesta, los que estuvieron muy relacionados con las sinfonías que les rodean y revelan el alto grado en que lo sinfónico ha infiltrado y fertilizado a lo vocal.

Ejemplo de esto son los “Kindertotenlieder” o “Canciones a la muerte de unos niños”, donde la unidad orgánica se concentra en un pequeño rango tonal y los textos, sombríos y conmovedores, son abordados a través de un estilo cromático de gran riqueza.

Las Sinfonías Quinta, Sexta y Séptima

En el otoño de 1901, Mahler conoció y se enamoró de Alma Schindler, una inteligente joven que pertenecía a un talentoso círculo artístico y estudiaba con el compositor Alexander von Zemlinsky. El matrimonio de ambos, realizado en marzo de 1902, causó bastante sorpresa entre los amigos de la pareja y su vida conyugal no estuvo exenta de dificultades; malas actitudes y la diferencia de edades, Alma era 19 años menor que Gustav, afectaron considerablemente la relación y, por ende, la creación de Mahler, quien incluso llegó a requerir la asistencia de Freud y su tratamiento de psicoanálisis. Gracias a él su situación sentimental mejoró y en sus últimos años de vida reveló un profundo amor por su esposa.
Con todo, el apoyo sentimental de Alma, unido a la seguridad alcanzada con su puesto de director en Viena, proporcionó al músico una considerable tranquilidad como para dedicarse con gran ímpetu a sus actividades creativas. A partir de 1902 su producción se incrementó notoria y regularmente mientras que sus sinfonías se tornaron en construcciones cada vez más autobiográficas, como es el caso de la Quinta, cuya composición fue influida por la situación emocional que le provocó su matrimonio.

En el plano musical, la obra muestra el deseo de Mahler por confrontar las disciplinas y retos de la sinfonía instrumental, encontrando soluciones frescas y convincentes a los problemas formales sin recurrir a fantasías libres o a la canción, como lo había hecho en sus sinfonías segunda y tercera.

Aunque Mahler nunca tuvo aspiraciones como profesor o líder de un grupo, durante sus años en Viena fue rodeado por un creciente círculo de músicos jóvenes y radicales, entre ellos Schoenberg, Berg, Webern y Zemlinsky, quienes no sólo apreciaban su calidad artística sino también su importancia dentro del “establishment” musical vienés. No sin razón, estos compositores sintieron una gran fascinación por su trabajo creativo, sobretodo por obras como la Sexta Sinfonía, considerada por Berg y Webern como el mejor ejemplo de equilibrio entre forma y drama.
La Sexta fue, sin duda, el más ambicioso esfuerzo de Mahler por componer música dentro de las formas “clásicas”, pero, al mismo tiempo, fue una de sus concepciones más personales y emotivas. Es una partitura predictiva de guerra y desorden, donde el héroe implícito en el programa está sujeto a un único destino, la muerte; la tragedia final del personaje anticipa un futuro convulsionado por las guerras mundiales y realiza un pesimista diagnóstico de la época que está viviendo.

1907 fue un año bastante penoso para Mahler. Primero estuvo la muerte de su hija mayor, a los cinco años de edad, luego se le descubrió un problema al corazón, que lo obligó a cambiar radicalmente su forma de vida y, finalmente, se decidió terminar su contrato en Viena bajo la presión de una campaña contra el liderada por la prensa antisemita. De esta manera, concluyó un periodo memorable dentro de su carrera como director y marcó un hito en la historia musical de la vida cultural de Viena.

La última partitura que Mahler completó en esta ciudad fue su Séptima Sinfonía, escrita entre 1904 y 1906. Esta obra concluye, además, el tríptico de sinfonías puramente instrumentales iniciado por la Quinta y está enlazada, tanto temática como formalmente, con sus dos predecesoras; aunque su carencia de un programa explícito dificulta una plena experimentación de ella, ha sido posible determinar la existencia de una idea poética relacionada con la naturaleza nocturna. La partitura está diseñada en cinco movimientos y tres partes, estando conformado su centro por dos movimientos titulados “Nachtmusik” que rodean un sombrío y espectral scherzo; esto revela una progresión que va desde la oscuridad hasta la luz en diversas etapas.

Las sinfonías Octava, Novena y Décima

Poco antes de abandonar sus ocupaciones en Viena, Mahler inició la composición de su Octava Sinfonía en base a dos textos: el himno medieval Veni creator spiritus y la escena final del Fausto de Goethe. El propósito de Mahler era enfatizar la relación entre “la temprana creencia de la capacidad divina para dotar de creatividad al artista” y “la visión simbólica del amor humano y su poder de redención”. La forma masiva y a menudo compleja de esta partitura se debe al énfasis otorgado por el compositor tanto a las texturas contrapuntísticas, como a la polifonía que envuelve a su primera parte.

La influencia primordial en la primera parte de esta obra es la música de Bach, por lo que debe ser considerada como un tributo a sus motetes y no, como podría pensarse, un intento por imitar la Sinfonía Coral de Beethoven o aquellos ejemplos similares de Mendelssohn y Liszt. En la segunda parte de la obra asistimos a una vasta síntesis de muchas de las formas y medios que Mahler había utilizado desde su juventud, representando una fusión de elementos de cantata dramática, oratorio sacro, ciclo de canciones, sinfonía instrumental y sinfonía coral, todo esto, culminando a la manera de aquel final de su Segunda Sinfonía, pero sobrepasándolo en tamaño y ambición.

El estreno de la Octava Sinfonía de Mahler en München el 12 de Septiembre de 1910, se constituyó en el triunfo final de su vida artística; entre la audiencia se encontraban figuras tan distinguidas como Richard Strauss, Arnold Schoenberg, Anton Webern, Bruno Walter, Leopold Stokowski, Stefan Zweig, Max Reinhardt y Thomas Mann, quienes pudieron comprobar la capacidad del compositor para enmarcar su himno en sonoridades que fluían de una inmensa orquesta, que incluía, además de una gran cantidad de vientos y cuerdas, gong, celesta, campanas, órgano, arpas, mandolina, junto a las voces de un coro doble, ocho solistas y un coro de niños… razón suficiente para que en la publicidad de la época se le haya denominado “sinfonía de los mil” a este espectacular trabajo.

Después de dejar Viena, Gustav Mahler comenzó a trabajar, en 1908, en el Metropolitan de Nueva York; paralelamente, continuó realizando giras por Europa y durante una de ellas, en septiembre de 1910, estrenó su Octava Sinfonía con gran éxito. Ocho meses más tarde, el 18 de mayo de 1911, Mahler muere en Viena, poco antes de celebrar sus 51 años de edad; como herencia dejó dos partituras no editadas, La Canción de la Tierra y la Novena Sinfonía, y los esbozos para una Décima Sinfonía. La primera es, en realidad, una sinfonía, pero el compositor siempre sintió un profundo horror a aquel “misterioso y mágico número nueve que ni Beethoven, Bruckner y Schubert habían logrado sobrepasar con su producción sinfónica”.

Al igual que la Octava, “La Canción de la Tierra” revela el manejo de formas masivas y complejas, donde la música de Bach ejerce una influencia notable. La Novena Sinfonía es una obra muy distinta, con un carácter triste y melancólico, donde la resignación ante la proximidad de la muerte es evidente no sólo en la música, sino también, en las anotaciones que acompañan los esbozos de esta composición. La partitura combina dos estilos aparentemente contradictorios: dos movimientos centrales muy rápidos y rudos en contraste a dos movimientos extremos lentos y expresivos. Según Alban Berg “el primer movimiento es el más hermoso de los que Mahler ha escrito; en él expresa un profundo amor a la tierra, a vivir en paz y a gozar de la naturaleza, hasta que la muerte llegue… todo el movimiento está basado en el presentimiento de que el espíritu de la muerte ya viene y que no se puede luchar contra él; en sus últimos compases aparece un clima de resignación ante lo inevitable… y entonces, Mahler se vuelve y observa por última vez el mundo que deja…”

En sus últimos años de vida, Mahler luchó contra dos grandes problemas: por un lado, tuvo que revisar completamente su concepción filosófica del mundo y del género humano, al encarar un cuadro completamente nuevo del mundo y del futuro, revelado en diversas publicaciones científicas que mostraban una forma de pensamiento muy diferente. Por otro lado, su encuentro con Freud y su tratamiento de psicoanálisis, lo llevó a sentir una nueva forma de amor hacia su esposa, manifestado en extensas cartas, en la dedicatoria de su Octava Sinfonía y en los bosquejos de su Décima.
La Décima Sinfonía no fue concluida y hoy se conserva completo sólo una parte de ella, un Adagio, escrito en 1910 y cuyo carácter melancólico y reflexivo lo asemeja bastante con su antecesora; se presume que la partitura fue planeada en cinco movimientos: dicho adagio, un scherzo, un movimiento central denominado “purgatorio”, otro scherzo y un final. En base a esto y a diversos bosquejos, varios músicos han intentado completar la Décima, conociéndose en la actualidad dos versiones de ella: una de Ernst Krenek realizada en 1924 y otra de Deryk Cooke, que data de 1961.

Fuente: The New Grove Dictionary of Music and Musicians

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