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Berlioz, Héctor

Biografías

Berlioz, Héctor

Nacimiento: La Cote, 11 de diciembre de 1803 Muerte: París, 8 de marzo de 1869 Nacionalidad: Francés

Héctor Berlioz ha sido uno de los pocos compositores importantes en la historia de la música que no se destacó por ser un niño prodigio. Nunca aprendió a tocar el piano y a lo sumo sabía algo de flauta y guitarra. En la localidad de La Cote, donde nació el 11 de diciembre de 1803, no encontró una enseñanza adecuada, por lo que su fuerte impulso musical lo llevó a aprender por sí mismo todo lo que pudo de teoría y composición. Pero su padre no alentaba dichas tendencias artísticas y cuando llegó el momento de decidir el futuro de su hijo, quiso que siguiera su profesión y lo envió a estudiar medicina a París.

El inmenso y variado quehacer artístico de la capital francesa proporcionó un nuevo mundo de oportunidades y experiencias al joven Berlioz, razón por la cual dedicó más tiempo asistiendo a la Opera o a la biblioteca del Conservatorio que a sus clases en la Escuela de Medicina.

Finalmente logró vencer la resistencia de su familia y en 1826 ingresó al Conservatorio; su principal preocupación en los siguientes años fue conseguir el codiciado Premio de Roma que otorgaba esta institución y en su cuarto intento, en 1830, lo obtuvo; pero mucho más importante, original e individual fue su tercera obra para dicho evento, la cantata titulada “La muerte de Cleopatra”, en la que Berlioz no transa su expresividad personal por un estilo más convencional para el jurado.

Antes de graduarse del Conservatorio en 1830 y trasladarse a la Villa Medici, donde según condiciones del Premio de Roma debía permanecer dos años, Berlioz estrenó, entre otros trabajos, la Sinfonía Fantástica, cuya creación fue afectada por dos hechos trascendentales en la vida del compositor.

El primero de ellos fue su descubrimiento de la obra de Shakespeare y de Beethoven, quienes revelaron un nuevo universo artístico al músico; de ambos admiró la riqueza de sus estructuras, la veracidad de su expresión dramática y su liberación de los esquemas convencionales.

El segundo hecho que afectó la vida de Berlioz, aunque de una forma más inmediata y violenta, fue su apasionamiento por la actriz Harriet Smithson. Desde que la vio en una representación de Hamlet en septiembre de 1827, la persiguió implacablemente e intentó, por todos los medios, de aproximársele y conocerla.

Cuando en 1830 parecía que sus sentimientos se transformaban en algo amargo e insoportable, la acumulación de tensión emocional dio vida a la Sinfonía Fantástica, que describe las pasiones, sueños y frustraciones del artista, nacidos de su obsesión por la mujer que adora.

Esta obsesión lo lleva a intentar suicidarse con opio y, bajo los efectos de la droga, sueña que es conducido al cadalso -por asesinar a su amada- y termina en medio de una macabra reunión de brujas y demonios.

Después de graduarse del Conservatorio y obtener el Premio de Roma en 1830, Berlioz se trasladó a Italia y se estableció en la Villa Medici, donde, según requerimientos de dicho premio, debía permanecer dos años.

Durante este periodo recorrió diversas ciudades de la península y lo que más le llamó la atención fueron sus paisajes; bajo este estímulo, su música adquirió mayor brillo, color y vivacidad, como puede apreciarse en la obra Haroldo en Italia, una de sus primeras partituras que mostró su respuesta a tales impresiones.

Haroldo en Italia fue escrita en 1834 a petición de Paganini, quien quería un concierto en el que pudiese demostrar las virtudes de su fina viola Stradivarius. Berlioz aprovechó la oportunidad para desarrollar una inusual partitura sinfónica con elementos concertantes, en que la viola refleja la personalidad de Haroldo, un receptivo y apasionado observador de la vida italiana, que aparece en una obra de Byron.

Así como en la Sinfonía Fantástica, Haroldo utiliza un tema recurrente para unificar los cuatro movimientos descriptivos, cuyos títulos son Haroldo en las montañas, Marcha de los peregrinos, Serenata y Orgía de los bandidos.

Berlioz retornó a París en noviembre de 1832 y al año siguiente pudo finalmente casarse con Harriet Smithson, la actriz que había inspirado la creación de la Sinfonía Fantástica. Pero lejos de conformar una pareja ideal, el matrimonio duró apenas seis años y, después de separarse, Harriet cayó en un terrible estado de miseria que, a pesar de la constante ayuda de Berlioz, la llevó a la muerte en 1854.

Mientras enfrentaba continuas dificultades con su mujer, el compositor también tenía problemas con sus colegas y con el público francés, a quienes asombraba y, en cierto modo, disgustaba su música.

Consciente de su genio e inventiva, se sentía frustrado al ver que su música no era aceptada y que la mayoría del público la consideraba excéntrica y poco correcta. Por lo tanto, las ganancias que podía obtener con sus obras eran muy escasas y, al no conseguir ningún puesto oficial, estuvo obligado a solventar sus gastos a través de una profesión que le disgustaba, la de crítico, con la que, irónicamente, llegó a ser mucho más conocido que como compositor.

Sabiendo que la ópera era un buen medio para lograr reconocimiento artístico y profesional, Berlioz decidió, poco después de concluir Haroldo en Italia, componer una ópera titulada Benvenuto Cellini. Siendo una partitura muy original, que mezcla elementos cómicos y serios sin seguir la tradición de la gran ópera francesa, la obra se encontró con la poca preparación de los artistas y la incomprensión del público, convirtiendo su estreno en un rotundo fracaso y en una de las experiencias artísticas más amargas del compositor.

A pesar del fracaso de Benvenuto Cellini, Berlioz recibió un importante encargo del gobierno francés: escribir dos obras, una dedicada a los héroes nacionales de Francia y otra destinada a celebrar el décimo aniversario de la Revolución de 1830.

La primera, el Réquiem op.5, fue estrenada en diciembre de 1837 y la segunda, la Sinfonía Fúnebre y Triunfal, en junio de 1840. Ambos trabajos explotan el interés de Berlioz por los efectos grandiosos y por otorgar a cada partitura la instrumentación acorde con la ocasión y el lugar para el que fue creada.

Siguiendo el estilo ceremonial francés, legado por aquella música de los tiempos de la Revolución, el compositor utilizó en la sinfonía una gran banda, reforzada con bronces y percusión, a la que, más tarde, agregó partes para coro y cuerdas. Entretanto exploró en el Réquiem el espacio acústico y las sonoridades con notables efectos instrumentales, los que otorgaron una visión muy personal del compositor al profundo sentido religioso de los textos.

La literatura de autores como Byron, Scott, Goethe y Virgilio, fue una importante fuente de inspiración para varias obras de Berlioz, pero sin duda fue Shakespeare el escritor que produjo la influencia más poderosa, tanto en su creación como en sus conceptos artísticos.

El compositor siempre se sintió muy conmovido con la grandeza y la exaltación de su lenguaje, la veracidad de su expresión, la calidad de su diseño dramático y su escaso apego a las convenciones formales. Todo esto provocó un impacto que Berlioz absorbió lenta y profundamente, siendo Romeo y Julieta su primera gran partitura basada en un trabajo de Shakespeare. Compuesta en 1839, esta “sinfonía dramática” revela el interés de Berilos por buscar el medio adecuado para lograr sus fines expresivos, sin ajustarse a categorías rígidas; por ello, la obra se mueve desde lo sinfónico a lo operístico manteniendo una estructura donde lo instrumental expresa las principales partes del drama y lo vocal aquellas secciones narrativas.

El estreno de Romeo y Julieta, en noviembre de 1839, atrajo a numerosos artistas e intelectuales, siendo uno de ellos el joven Richard Wagner, quien la consideró como una revelación, pero también estaba la crítica francesa y, una vez más, no aprobó el trabajo de Berlioz.

En la década de 1840, Berlioz concentró su labor en promover y dirigir sus composiciones, realizando giras de concierto por Alemania, Inglaterra, Rusia, Austria y Bélgica; en estos países el público y la crítica demostraban mucho más interés por la música avanzada que en Francia, donde sus obras sólo habían encontrado aprobación en un círculo muy reducido de artistas e intelectuales.

También era importante para Berlioz mostrar en el extranjero la forma correcta de interpretar sus creaciones, de manera que otros conductores no cayeran en excesos expresivos y pudiesen transmitir el significado real de cada una de sus partituras.

Entre los trabajos de Berlioz preferidos por aquel público encontramos sus oberturas de concierto, piezas que revelan la intención del músico por seguir el tratamiento que Beethoven y Mendelssohn le habían dado a la forma, desarrollándola como un género independiente. Berlioz compuso cinco oberturas de concierto durante su carrera y la mayoría se basan en obras escritas, como es el caso de “Rob Roy”, escrita en 1831 y basada en una novela de Scott, y “El Corsario”, que data de 1844 y se basa en una obra de Byron.

Mientras realizaba sus giras de concierto, Berlioz se dedicó a la creación de un nuevo trabajo de grandes dimensiones, basado en el Fausto de Goethe. Hacía tiempo que el músico tenía en mente aquella partitura que había concebido en 1829, bajo el nombre de Ocho Escenas del Fausto, y que, poco después de su publicación, decidió destruir por considerarla “cruda y mal escrita”.

La nueva obra se denominó “La Condenación de Fausto” y fue subtitulada “leyenda dramática”; utilizando partes de las antiguas Ocho Escenas e insertando algunas nuevas, entre ellas una rústica marcha húngara al final de la primera parte, Berlioz expandió el trabajo hacia una amplia concepción del Fausto; se trata de un alma sobrecogida por la inmensidad de la naturaleza que, sensible a diversos tipos de emociones, es condenada finalmente por su debilidad interna, representada y explotada a la vez por Mefistófeles.

Lamentablemente, el estreno de la obra no fue auspicioso y, una vez más, Berlioz tuvo que sufrir el rechazo del público y la crítica parisina: dicha presentación en la “Opera-Comique” en diciembre de 1846 se transformó en un serio revés, tanto artístico como financiero.

Después del fracaso de La Condenación de Fausto, Berlioz nuevamente emprendió una serie de giras por Europa, logrando especial aceptación en Weimar gracias a que Liszt organizó varios conciertos con sus obras. A pesar de la excelente recepción que tenía su música en el extranjero, Berlioz no perdía la esperanza de encontrar mayor audiencia en su país y decidió realizar otro intento organizando la Sociedad Filarmónica, en notoria contrapartida con la Sociedad de Conciertos del Conservatorio.

Aunque tuvo una corta existencia, ya que duró sólo dos años, la nueva agrupación cumplió un importante rol al difundir un amplio rango de música de los autores más diversos. El propio Berlioz tuvo oportunidad de presentar algunas obras importantes, como la pieza titulada “La despedida de los pastores”, que más tarde se convertiría en la parte central del oratorio La Infancia de Cristo, y la obertura El Carnaval Romano, compuesta sobre temas de la ópera Benvenuto Cellini en 1844.

A diferencia de la década de 1840, cuando el origen y la frecuencia de las composiciones de Berlioz fueron fortuitos debido, en gran medida, a su dedicación a promover y difundir sus creaciones por todo Europa, en la década siguiente, la de 1850, y sin dejar de lado la presión de aquellas actividades, Berlioz encontró cierta tranquilidad espiritual y mental para producir una serie de obras maestras, notables no sólo por su tremenda calidad, sino también por las constantes batallas que el músico tuvo que entablar para llegar a presentarlas.

Un claro ejemplo a este respecto es su Te Deum, una pieza escrita antes de 1850 y que, sin embargo, no logró ser estrenada hasta 1855, cuando fue incluida en los eventos organizados para promover la Exposición Universal. No se sabe con exactitud cuáles fueron las razones que motivaron a Berlioz a componer esta obra, ya que no fue producto de ningún encargo, pero aparentemente el músico tenía la esperanza de que fuese interpretada en la coronación del Emperador Napoleón III.

Después del Te Deum, las últimas y principales obras de Berlioz fueron “La Infancia de Cristo”, oratorio completado en 1854, y “Los Troyanos” y “Beatriz y Benedicto”, óperas compuestas entre 1856 y 1862. Otro importante trabajo de este periodo fue la orquestación de la mayoría de las canciones del ciclo “Noches de Estío”, escrito originalmente para voz y piano entre 1840 y 1841.
Una de estas canciones ya había sido arreglada por el propio músico para Marie Recio, cantante que lo acompañaba en sus giras de concierto desde aquellos años y que, después de la muerte de Harriet en 1854, se convirtió en su esposa.

Los últimos años de la vida de Berlioz están marcados por la desilusión y la desdicha, al no concretar su sueño de poner en escena la versión íntegra de su mayor proyecto, la ópera Los Troyanos, basada en La Eneida de Virgilio; aunque la concepción original de Los Troyanos fue escrita entre 1856 y 1858, Berlioz se encontró con la oposición de críticos y artistas, quienes la consideraban demasiado extensa y complicada, en especial por sus demandas técnicas.

Por ello, y recordando el fracaso de Benvenuto Cellini en 1838, el compositor decidió arreglar la obra dividiéndola en dos partes: La Toma de Troya y Los Troyanos en Cartago. Bajo esta nueva forma, consiguió estrenar la segunda parte en el Teatro Lírico en 1863, y aunque no fue un fracaso, quedó claro que su carrera operística había concluido.

Profundamente amargado, decidió dejar de componer y, después de dedicarse algunos años a realizar sólo giras de conciertos por Europa, enfermo y agotado, Berlioz falleció en París el 8 de marzo de 1869.

En su última creación significativa, la ópera Los Troyanos, Berlioz canalizó todos los impulsos sinfónicos, corales y dramáticos que había desarrollado en sus grandes obras vocales La Condenación de Fausto y La Infancia de Cristo, las que, posiblemente, no habrían existido si el compositor hubiese logrado aceptación con sus óperas.

Ambas obras conforman un género heterogéneo y característico del ideal de Berlioz: poner a la verdad expresiva como algo superior a la consistencia del método, por lo que es difícil clasificarlos dentro de una forma específica. La Infancia de Cristo es un claro ejemplo de dicho ideal, al confluir en su partitura los más diversos elementos dramáticos, filosóficos y musicales, con la intención de lograr un único fin: expresar la profunda devoción que, según palabras del músico, tuvo hacia la religión durante un periodo importante de su vida.

Fuente:
The New Grove Dictionary of Music and Musicians

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